Escribo estas líneas no solo como ciudadano preocupado por la educación, sino también desde la memoria y la experiencia de quien fue profesor rural, siguiendo la tradición familiar de mis abuelos, educadores por vocación, que renunciaron a la comodidad de la ciudad para prodigarse en la educación indigenal.
Mi formación estuvo vinculada a las escuelas normales de Warisata y Santiago de Huata, en la provincia Omasuyos del Departamento de La Paz, allí comprendí que la educación comienza en el aula, pero también se construye en la familia y la comunidad.
Por eso, cuando escucho hablar de PISA, mi primera pregunta no es en qué puesto estaría Bolivia, sino por qué nuestro país no participa en esta evaluación internacional.
PISA evalúa a estudiantes de 15 años en lectura, matemáticas y ciencias, no pretende declarar qué país es mejor que otro, sino conocer si los jóvenes pueden aplicar lo aprendido a situaciones de la vida real. En su edición de 2025 participaron 91 países y economías, Bolivia no estuvo entre ellos.
Esta ausencia, sin embargo, no debe confundirse con una decisión inmutable, en septiembre de 2026 se informó que el actual Gobierno gestionaba la incorporación del país a PISA, se advierte que constituye una señal que merece debida atención, pero el anuncio deberá traducirse en acciones concretas y en un compromiso sostenido con la evaluación y la mejora educativa.
Un maestro no necesita un ranking internacional para advertir que un niño tiene dificultades para leer o resolver un problema matemático, sin embargo, una evaluación como PISA permite contrastar los aprendizajes, identificar debilidades y conocer experiencias que podrían ayudarnos a mejorar.
No participar no demuestra, por sí solo, que nuestros estudiantes estén peor preparados que los de otros países, pero nos priva de información valiosa para comprender dónde estamos y qué debemos corregir.
No digo esto para responsabilizar al maestro, quienes hemos estado frente a una pizarra sabemos cuánto esfuerzo puede esconderse detrás de una clase, particularmente en el área rural, donde enseñar muchas veces significaba caminar, conocer a las familias, enfrentar carencias materiales y convertir la escuela en una oportunidad para descubrir otros horizontes.
Hoy disponemos de teléfonos inteligentes, internet e inteligencia artificial. Pero el acceso a la tecnología no garantiza el aprendizaje, podemos poner millones de libros al alcance de un niño sin conseguir que lea uno solo, también podemos obtener respuestas instantáneas sin desarrollar la capacidad de formular preguntas, contrastar información y reconocer errores.
Por eso, no basta con saber cuántos estudiantes están matriculados o aprobaron, necesitamos preguntar qué aprendieron, si comprenden lo que leen, si razonan, resuelven problemas nuevos y distinguen la información verdadera de la falsa.
La preocupación tampoco se limita a PISA, Bolivia no participó en el ERCE 2019, evaluación regional impulsada por la UNESCO, pero forma parte del proceso ERCE 2025, aplicado en octubre de 2026. Sus resultados permitirán conocer mejor los aprendizajes de nuestros estudiantes de primaria. Debemos aprovechar esta oportunidad y avanzar hacia una política continua de evaluación educativa.
Evaluar no es castigar, evaluar es conocer y conocer es el primer paso para corregir. En este contexto, el actual Gobierno ha anunciado el inicio de la regionalización curricular, con una base común nacional y contenidos vinculados a las características sociales, culturales y productivas de cada región. La iniciativa abre una oportunidad, pero todavía requiere desarrollo y concreción.
La experiencia de la Ley Avelino Siñani-Elizardo Pérez debe servir para examinar críticamente los avances y las deficiencias de su aplicación. Una educación que valore nuestra identidad no puede descuidar la lectura comprensiva, las matemáticas, las ciencias y el pensamiento crítico; tampoco debe ignorar nuestras lenguas, culturas, historia y realidades productivas. No se trata de elegir entre lo propio y lo universal, sino de integrarlos en una formación verdaderamente integral.
La currícula debe responder a la diversidad boliviana, pero también demostrar sus resultados. Necesitamos saber si los estudiantes aprenden más y mejor, tanto en las escuelas rurales como en las urbanas, porque una reforma sin evaluación corre el riesgo de quedarse en el discurso.
También corresponde preguntar qué posición han asumido las universidades, especialmente aquellas que forman pedagogos y futuros maestros, así como los colegios particulares y sus organizaciones representativas. No sería justo atribuirles indiferencia sin pruebas, pero sí es legítimo esperar investigaciones, propuestas y pronunciamientos sobre una cuestión que compromete el futuro de todos.
La educación es integral no pertenece exclusivamente al Estado ni puede dividirse entre lo rural y lo urbano. Con frecuencia se menoscaba la formación del maestro rural frente a la del urbano, confundiendo las condiciones en que trabaja con su capacidad profesional. No se trata de establecer superioridades ni inferioridades: todos los educadores merecen respeto, formación continua y condiciones dignas para enseñar.
Lo digo desde mi experiencia, quizá esta inquietud debió surgir con mayor fuerza desde los ámbitos urbanos, las instituciones académicas y, particularmente, las universidades que tienen entre sus responsabilidades estudiar y mejorar la educación. No porque la preocupación pertenezca a un sector determinado, sino porque la magnitud del desafío exige la participación de todos.
Bolivia necesita una educación que respete su diversidad, prepare a sus jóvenes para el mundo y tenga el valor de reconocer sus propias deficiencias. La incorporación a PISA, si se concreta, deberá traducirse en una participación responsable y en el uso efectivo de sus resultados para mejorar los aprendizajes.
Como antiguo maestro rural, sigo creyendo que no existe verdadera transformación social si el niño no aprende. Podemos cambiar leyes, currículos y autoridades, pero al final queda el estudiante frente a su cuaderno. Allí los discursos no bastan: tiene que comprender, razonar y aprender.
A veces, las reflexiones que más necesitamos escuchar vienen de donde menos se espera.
La prueba PISA avisa, no nos pone una nota. Nos toca el timbre y sería un grave error que Bolivia decidiera no abrir la puerta.
El autor es diplomático de carrera y politólogo.
