En las décadas del 80 y 90, el sindicalismo fue una de las principales herramientas de los trabajadores para equilibrar la relación entre el trabajador y el poder empresarial, para defender derechos, exigir condiciones laborales dignas y garantizar que la voz de quienes producen no fuera silenciada. Sin embargo, en el sector hidrocarburos, esa esencia fue progresivamente desvirtuada.
Durante los gobiernos del Movimiento al Socialismo (MAS), la relación entre poder político y organizaciones sindicales adquirió características que fueron duramente cuestionadas por distintos sectores. Ya en 2009 se denunciaba públicamente el uso de la prebenda para influir sobre sus dirigencias.
El problema no radica en la presencia del sindicalismo, el problema aparece cuando el sindicato deja de ser una herramienta de los trabajadores para convertirse en una estructura de negociación de privilegios particulares.
La prebenda puede adoptar muchas formas: cargos, comisiones, privilegios, estabilidad extraordinaria, beneficios personales o espacios de poder. Cuando esos beneficios terminan dependiendo de la cercanía con la autoridad de turno, el dirigente deja de mirar hacia las bases y comienza a mirar hacia arriba.
En ese momento ocurre una transformación peligrosa, el trabajador deja de ser el centro de la acción sindical y pasa a convertirse en instrumento de negociación de la dirigencia. Un sindicato genuino debería estar en la planta, en el campo, en la refinería, en los centros de distribución y en cada puesto donde un trabajador enfrenta diariamente riesgos, exigencias físicas, presión laboral y responsabilidades operativas.
Debería preocuparse por la seguridad industrial, la salud ocupacional, la capacitación, la estabilidad laboral, la igualdad de oportunidades, la meritocracia y las condiciones reales de trabajo.
El trabajador petrolero no necesita dirigentes eternos ni sindicatos subordinados a intereses políticos. Necesita representantes que den la cara, rindan cuentas a sus bases, defiendan sus derechos con independencia y que practiquen la democracia sindical. Necesita sindicatos que informen cuánto reciben de aportes de los trabajadores, qué negocian, qué acuerdos alcanzan y a quiénes benefician. Necesita elecciones transparentes para renovar su directiva, renovación dirigencial y mecanismos efectivos para que las bases puedan controlar a quienes hablan en su nombre.
Pero cuando la agenda sindical se reduce a conservar privilegios dirigenciales, conseguir cargos, proteger intereses particulares o negociar beneficios para determinados grupos, se produce una fractura profunda entre dirigentes y trabajadores.
Entonces aparece un sindicalismo de representación formal, pero sin verdadera representación. Un sindicalismo que habla en nombre de los trabajadores, pero que muchas veces no escucha a los trabajadores y esa contradicción resulta particularmente grave en una industria estratégica como la hidrocarburífera.
¿Qué sindicalismo queremos para los trabajadores petroleros? Uno subordinado al poder, preocupado por preservar privilegios y beneficios particulares o uno independiente, democrático, transparente y verdaderamente comprometido con quienes todos los días ponen su esfuerzo, conocimiento y hasta su integridad física al servicio de una industria estratégica. La respuesta debería ser evidente, el sindicalismo petrolero debe volver a ponerse del lado del trabajador.
El autor es periodista y comunicador social.
