¡Arde París!

Marcelo Miranda Loayza

Creo no exagerar al afirmar que París fue literalmente invadida durante las últimas semanas por cerca de 25.000 personas, en su mayoría inmigrantes acompañados de adolescentes y jóvenes que apenas superaban los 21 años. La magnitud de estas movilizaciones, observadas a través de numerosas imágenes y grabaciones difundidas en distintos medios y redes sociales, pone de manifiesto una situación que merece un análisis crítico. No se trata únicamente de concentraciones multitudinarias, sino de acontecimientos que, por sus características, sus reivindicaciones y sus consecuencias, plantean serios interrogantes sobre la estabilidad social, la identidad nacional y el futuro de Francia.
Al examinar detalladamente estas manifestaciones, destacan varios aspectos preocupantes. En primer lugar, la diversidad de demandas, muchas de ellas completamente incompatibles entre sí, evidencian la ausencia de una orientación política coherente. En segundo lugar, resulta llamativa la escasa presencia de símbolos franceses frente a la abundante exhibición de banderas palestinas, cuya cantidad parecía superar incluso la que se observa en la propia Palestina. Este hecho revela el carácter político y desestabilizador de unas movilizaciones que parecen expresar una identificación ideológica ajena a los referentes nacionales franceses.
A ello se suma la violencia exacerbada con la que se desarrollaron estas supuestas manifestaciones pacíficas: incendios de instituciones, destrucción del ornamento público y saqueos de tiendas y negocios, particularmente establecimientos de mercancías de alta gama. La naturaleza de estos ataques hace pensar que no todos fueron producto de una reacción espontánea, sino que podrían haber respondido a una planificación previa.
Resulta igualmente inquietante la considerable participación de inmigrantes de origen islámico en estos episodios de violencia. La relación entre determinados grupos y las expresiones de confrontación constituye un fenómeno que no puede ser ignorado, especialmente cuando se producen ataques contra las instituciones y los espacios públicos de la sociedad que los acoge. Surge entonces una pregunta fundamental: ¿cómo ha sido posible que semejante cantidad de inmigrantes se haya asentado en prácticamente toda Europa? La respuesta, desde esta perspectiva, se encuentra en las políticas migratorias de fronteras abiertas, impulsadas por gobiernos débiles y progresistas, que habrían facilitado una migración masiva (mejor dicho, una invasión masiva) sin atender las consecuencias culturales y sociales. Este proceso estaría contribuyendo a la decadencia de la cultura occidental europea y al desplazamiento paulatino de sus raíces cristianas, su moral y sus tradiciones, frente a la expansión de concepciones religiosas y jurídicas vinculadas a la ley islámica (sharia) y a prácticas misóginas como la burka.
En este contexto, Hannah Arendt, destacada filósofa y politóloga alemana, vuelve a adquirir una particular relevancia por su célebre reflexión sobre la «banalidad del mal», donde argumentó que los crímenes más atroces de la historia no necesariamente nacen de individuos monstruosos, sino de personas comunes, intelectualmente mediocres, carentes de pensamiento crítico y dispuestas a formar parte de cualquier movimiento con tal de sentirse integradas en algo. Esta ausencia de autocrítica, conciencia y límites morales parece encontrar una expresión inquietante en los acontecimientos de París, donde miles de adolescentes y jóvenes enfurecidos tomaron las calles para saquear, amedrentar y destruir. Muchos de ellos, desprovistos de una brújula moral e ideológica, habrían actuado impulsados por el simple deseo de pertenecer a una multitud, cuya convocatoria y dinámica se propagaron mediante plataformas como WhatsApp, TikTok e Instagram.
Finalmente, la historia de Francia ofrece una comparación de profundo significado simbólico. La única ocasión en que una bandera ajena a la francesa ondeó sobre la Torre Eiffel fue durante la ocupación nazi, cuando la esvástica de Hitler representaba la derrota y el sometimiento de una Francia arrodillada ante el nacionalsocialismo alemán. Que hoy sean exhibidas masivamente banderas palestinas en las calles parisinas, en un contexto de violencia y cuestionamiento de los referentes nacionales, evoca inevitablemente aquella imagen histórica. Pareciera que Francia vuelve a inclinar la rodilla, esta vez no ante el nazismo, sino ante una ideología que amenaza con sustituir sus valores, su identidad y su tradición cultural por los principios de la sharia islámica. París arde, y con ella se enciende una advertencia sobre el destino de una Europa que parece haber olvidado la importancia de defender su propia civilización.

El autor es teólogo, escritor y educador.

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