En el tablero global de la geopolítica una máxima parece imponerse con contundencia: no existen amigos, sólo socios coyunturales. Esta premisa, aunque incómoda, resulta esencial para entender la lógica fría con la que los países interactúan entre sí. Las relaciones internacionales están gobernadas por intereses momentáneos, estratégicos y utilitarios, no por afinidades morales o ideológicas. A partir de esta premisa, resulta inevitable cuestionarse el verdadero rol de organismos como la Organización de las Naciones Unidas (ONU). ¿Qué función cumple realmente en un mundo donde los grandes conflictos se deciden al margen de sus deliberaciones? ¿Es la ONU un árbitro neutral o un espectador glamoroso de un mundo en llamas?
Desde su fundación en 1945, la ONU fue concebida como un mecanismo multilateral para evitar futuras guerras y promover la cooperación entre naciones. Sin embargo, con el pasar del tiempo, esa misión ha sido puesta en duda, especialmente frente a su pasividad ante conflictos armados, como los de Ucrania, Siria o Palestina.
Las sesiones de debate en el Consejo de Seguridad o en la Asamblea General parecen más una coreografía diplomática que verdaderos esfuerzos por resolver las crisis. Mientras tanto, las potencias con derecho a veto manipulan las decisiones según su conveniencia, neutralizando cualquier intento de acción significativa.
El descrédito hacia la ONU no se limita a su ineficiencia para gestionar conflictos. Otro flanco de crítica se ha centrado en su aparente deriva ideológica. Para muchos sectores de la sociedad, el organismo se ha transformado en un brazo ejecutor de una agenda progresista global. Términos como “cultura woke”, “ideología de género”, “feminismo institucionalizado” y “derechos reproductivos”, son moneda corriente en las declaraciones y campañas promovidas desde sus diferentes agencias. A esto se suma su posición en temas como la despenalización del aborto, el reconocimiento de identidades de género diversas o la legalización del cannabis.
Estas posturas no son neutrales ni universales, sino parte de una estrategia para imponer valores que no necesariamente representan el consenso global. La ONU, disfraza de derechos humanos lo que en realidad son posturas ideológicas, muchas veces impuestas a países con culturas, tradiciones o credos diferentes.
En este contexto, la pregunta clave sigue resonando: ¿para qué sirve la ONU? Si no puede frenar una guerra ni logra consensuar valores comunes sin polarizar, ¿qué legitimidad le queda como organismo representativo del mundo?
Mientras los foros internacionales discuten resoluciones, el mundo real se mueve con una velocidad brutal. Líderes como Donald Trump y Vladimir Putin demuestran que el poder duro sigue rigiendo el orden mundial. La ONU, por su parte, parece cada vez más un escenario decorativo. Esa desconexión entre el discurso institucional y la realidad geopolítica es lo que alimenta el desprestigio.
El glamour de Nueva York, donde se ubica su sede principal, refuerza esta percepción. La imagen de embajadores debatiendo en salas lujosas, mientras estallan bombas en otras regiones del mundo, no deja de ser una metáfora poderosa y perturbadora. El problema, sin embargo, no se resuelve eliminándola. La alternativa al multilateralismo es el caos, la ley del más fuerte y la pérdida total de mecanismos de mediación. Por imperfecta que sea, la ONU aún representa un espacio de diálogo que debe ser reformado con urgencia, pero no destruido.
Las reformas deberían apuntar a recuperar su función original: ser un instrumento de paz, no un brazo ideológico. Para ello, es clave limitar el abuso del derecho a veto, democratizar las decisiones y garantizar una mayor diversidad de voces en sus organismos decisivos. También urge una revisión crítica de las agendas que promueve. Los derechos humanos no pueden ser definidos desde una sola cosmovisión, sino desde un diálogo intercultural genuino. Imponer valores como si fueran verdades absolutas sólo genera rechazo.
La ONU debe reconocer que su autoridad moral se construye con hechos, no con declaraciones grandilocuentes. Si no logra intervenir eficazmente en conflictos graves o al menos mitigarlos, su rol quedará reducido al de un simple espectador de lujo.
En resumen, la ONU atraviesa una profunda crisis de identidad. Su valor como institución está en entredicho y su supuesta neutralidad ha sido minada por agendas ideológicas y conflictos de intereses. Urge una reforma, pero también una autocrítica profunda. Porque si no se transforma, seguirá siendo lo que muchos ya creen que es: un club de diplomáticos bien vestidos que juegan a cambiar el mundo desde la comodidad del debate.
El autor es teólogo, escritor y educador.
