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Las tres cruces del Diablo

Nelcy Ximena Quispe Colque

Nuevamente nos introducimos en el mundo de las novelas del escritor boliviano: Jaime Aduana Quintana, quien en esta ocasión permite a la niñez y juventud estudiosa, disfrutar de la lectura de su novela titulada: “Las tres cruces del Diablo” (2010). En esta narrativa literaria muy próxima a la realidad de los mineros, habla de la vida que desarrollan estos trabajadores en interior mina; quienes, ligados fuertemente a creencias paganas, adoran consciente e inconscientemente al famoso Tío de los centros mineros.

Empieza describiendo en su prefacio que: “La minería, a nivel mundial es un factor preponderante para el progreso de los pueblos. En los países industrializados se transforman las riquezas no renovables en maquinarias, instrumentos, objetos constructivos”. Más adelante, dice: “Desde la colonización española hasta nuestros días, hemos vivido y dependido del sacrificio y el empuje de los hombres valerosos que incluso ofrendaron sus vidas en oscuros y profundos socavones…”.

En su obra literaria hace conocer al mundo las alegrías, penas, esperanzas, rebeldías, costumbres, tradiciones, ritos, etc., de los mineros, que muchas veces no pueden encontrar una veta minera, por eso toman decisiones tan extremas como el pacto: “Hombre-diablo”, entregando su vida a cambio del metal con el objetivo de salir de la pobreza. Aduana, empieza contando sobre la fiesta de la noche más fría: “San Juan”, cuando alrededor de una fogata se reúnen familias integras para compartir sus alegrías y sueños. Es ahí donde aprovechan los nietos para averiguar sobre el “Tío de las minas”. Para ello, apelaron a la bondad de su abuelo Rosendo, ex trabajador minero de San José.

Surgiendo preguntas como: “Papi, por favor, ¡cuéntanos sobre el “Tío”! ¿Es verdad que los trabajadores hacen pacto con el “Tío” …? ¿Qué costumbres tenían? ¿Por qué no nos cuentas tus experiencias en el interior de la mina? Dicen que se escucha voces, pasos dentro la mina, ¿no te da miedo estar ahí adentro? Toda la familia estaba interesada en conocer las costumbres y la vida de un trabajador minero… (pág. 2). Y, dijo: “recuerdo que hace muchos años en el campamento minero, perdí a tres compañeros de trabajo, el Tío se apoderó de sus almas destrozando sus cuerpos, esto a causa de la búsqueda del precioso metal del estaño…” (pág. 3).

Como había trabajo por aquellos años (1980), tres mineros se asociaron para buscar en interior mina veta de estaño. Durante días y días, incluso meses y meses; buscaron la veta que permitiría llevar el pan del día a sus familiares, que les esperaba en sus domicilios. Muchos trabajos y sufrimientos pasaron, pero no había ninguna veta a la vista. Estuvieron a punto de abandonar el trabajo en interior mina, porque la veta de estaño era difícil de encontrar. Desanimados pensaron en un pacto con el “Tío”.

Una noche de viernes: “Para ofrendar al “Tío”, conseguimos el corazón de un toro negro para enterrarlo en nuestro paraje, lo metimos en una ollita nueva de barro y con la sangre rociamos todo el entorno de las paredes; después del rito mi capataz agarró su vaso de alcohol y se acercó al “Tío” para decirle: “Tío, tiíto, todos te respetamos, sabemos que eres el dueño de tus socavones… te ofrezco mi alma a cambio de riqueza… Fuimos testigos de aquella petición, se sirvió unas cuantas copas… Mientras el “Tío” estaba ahí, inmóvil con su mirada fija como si quisiera decir algo, tenía los ojos grandes y redondos, la nariz alargada y respingada, su cabellera dorada reflejaba como el brillo del oro fino…” (pág. 26).

Tanta era la angurria minera de acumulación de riqueza, que en una época los mineros asociados, tuvieron todos los medios materiales, porque habían pactado con el Diablo, sacrificando incluso a sus seres queridos (hijos). Pero, un día menos pensado sufrieron accidentes laborales, y en un abrir y cerrar de ojos lo perdieron todo y quedaron como en un principio, sin dinero y trabajo.

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