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El Litoral boliviano según Delrieu

José E. Pradel B.

El escritor y diplomático Alberto Ostria Gutiérrez, propugnaba que “el ideal portuario de Bolivia, en tanto no sea alcanzado vivirá lo que viva la nación misma”. Sin duda, este planteamiento de política internacional seguirá marcando pauta a nuestra política exterior y a los que la estudian.
En ese sentido, a través de esta nota damos a conocer una crónica olvidada por la historiografía, titulada ‘Le désert d’Atacama’, escrito por el cronista francés André Delrieu, publicado en el Siècle y en la Revue de París, en julio de 1837.
Sobre este viajero son desconocidos casi todos los datos biográficos. Su recorrido inició desde Valparaíso (Chile). Hay que subrayar que dicha crónica inicia brindando información geográfica desde Mejillones hasta Cobija, la cual describe: “…hacia el sur se eleva una estrecha franja de arena, bordeada de arrecifes y salpicada de cabañas de madera, estrechada al frente por el mar…” (Traducción, J.P.). A su vez resalta que es el único puerto habilitado de Bolivia en el océano Pacífico, sobre ello manifestó: “…pero lo que da a esta franja de tierra un interés geográfico y comercial es que allí se abre el transitable camino que une las costas del Mar del Sur con el interior de la República a través de las horribles soledades del desierto de Atacama…” (Traducción, J.P.).
Sobre la llamada ‘ruta del Pescado: Cobija-Potosí’, detalló: “…el camino de Cobija a Potosí, perdido en cualquier momento por los arrieros o conductores de mulas, es la ruta providencial para todo el comercio de la costa de América del Sur con Bolivia…” (Traducción, J.P.). También resaltó que dicho camino era malísimo e incómodo, pues estaba sembrado de esqueletos de mulas y comerciantes europeos que murieron en el viaje.
Sobre los indios atacameños habitantes de las costas bolivianas, manifestó: “…viven en pequeñas cabañas (ranchos), donde hay una sola habitación, cuyo mobiliario consiste en pieles de llama esparcidas alrededor de fogones excavados en la tierra. Allí comen y duermen desordenados, padre, madre, mujeres y niños. Pasan allí días y noches en ese estupor del esclavo degradado que sólo tiene apetitos de fiera, bebiendo pito, bebida singular, compuesta de agua azucarada y harina de maíz tostada…” (Traducción, J.P.). Por otro lado, sobre la relación de las poblaciones originarias con las llamas, apuntó: “…la veneración de los indios de Atacama por estos animales es un verdadero culto… los indios aman tanto a sus llamas que muchas veces les ponen collares de cintas y flores…” (Traducción, J.P.). De la misma forma, reflexionó sobre la riqueza que provenía de Potosí: “…el movimiento mercantil de los dos mundos depende del obstinado silencio de los indios…” (Traducción, J.P.).
Es importante destacar que André Delrieu se apoyó fundamentalmente en las obras y documentos de Humboldt y Pentland, que le permitieron apreciar y observar de mejor manera los sitios arqueológicos situados en el interior del Litoral boliviano: “…La cueva de Santa Bárbara, situada a cierta distancia de Calama, en las proximidades de Chiuchiù, es un monumento que apoya esta suposición… Es en Chiuchiu donde encontramos las momias más curiosas del desierto; fueron encontrados en las calles ahora subterráneas de una antigua aldea india. Casi todos los cadáveres de los hombres están cubiertos con corazas, y cada uno tiene en sus tumbas las flechas y la honda que usaban en tiempos de guerra…” (Traducción, J.P.), apuntó. Por último, describió los excesos cometidos por los religiosos, que observó durante su estadía.
Sin duda, la citada crónica sobre Atacama, es un testimonio documental invaluable que detalla la plena soberanía que ejercía Bolivia en sus territorios costeros.

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