Bolivia descendió tres posiciones en el Índice Mundial de Innovación 2026, al pasar del puesto 111 al 114 entre 139 economías evaluadas, pese a registrar un ligero incremento en su puntuación, de 19,6 a 19,7 puntos.
El país ocupa el puesto 17 en América Latina y el Caribe y el noveno en Sudamérica, con importantes deficiencias institucionales, limitaciones en infraestructura y dificultades para impulsar la investigación y el desarrollo tecnológico.
De acuerdo con el informe de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), las mayores debilidades de Bolivia se encuentran en el ámbito institucional, donde ocupa el puesto 135; sofisticación empresarial, en el 133; infraestructura, en el 132; y resultados de conocimiento y tecnología, en el 131.
El economista, Fernando Romero, advirtió que estos indicadores reflejan problemas estructurales relacionados con la investigación científica, la incorporación de nuevas tecnologías, el financiamiento de emprendimientos y la escasa articulación entre las universidades y el sector empresarial.
El especialista explicó que, si bien Bolivia mejoró su calificación en 0,1 puntos respecto a 2025, perdió tres posiciones en la clasificación internacional, lo que evidencia las dificultades del país para avanzar al ritmo de otras economías en materia de innovación.
En el ámbito regional, Chile encabeza la clasificación latinoamericana y ocupa el puesto 51 a escala mundial, seguido de Brasil, en la posición 53; México, en la 65; Uruguay, en la 66; y Costa Rica, en la 70.
Mientras tanto, las principales economías del mundo continúan fortaleciendo sus capacidades en inteligencia artificial, digitalización, biotecnología, automatización y otras tecnologías estratégicas. Suiza lidera el Índice Mundial de Innovación 2026, seguida de Suecia, Estados Unidos, Corea del Sur y Singapur. China ocupa el décimo lugar y destaca como la economía de ingresos medios mejor posicionada.
Según el análisis de Romero, el gasto mundial en investigación y desarrollo (I+D) aumentó un 4,7% en términos reales durante 2024, mientras que la producción científica internacional superó los 2,4 millones de artículos publicados en 2025.
Asimismo, la inversión en investigación y desarrollo de las empresas que más recursos destinan a este ámbito alcanzó aproximadamente 1,5 billones de dólares en 2025, reflejando la creciente importancia de la innovación tecnológica para la competitividad de las principales economías.
Por otra parte, el valor de las operaciones de capital de riesgo aumentó un 27,9%, hasta alcanzar los 510.000 millones de dólares durante 2025. Sin embargo, el número de operaciones disminuyó un 1,4%, lo que refleja una financiación más selectiva y concentrada en determinados proyectos y empresas.
Romero señaló que estos resultados demuestran que la inversión en ciencia y tecnología no garantiza, por sí sola, el desarrollo económico, debido a que los países también necesitan transformar los conocimientos científicos en empresas competitivas, productos comercializables y mejores condiciones de vida para la población.
En el caso de América Latina y el Caribe, explicó que la región mantiene una posición rezagada frente a las principales potencias innovadoras, pese a contar con capacidades científicas, industriales y empresariales que podrían aprovecharse para fortalecer sus economías.
Frente a este panorama, consideró necesario incrementar de manera sostenida la inversión en investigación y desarrollo, especialmente con una mayor participación del sector privado, además de fortalecer la educación científica, tecnológica, matemática y digital, vinculándola con las necesidades de los sectores productivos.
También planteó facilitar el acceso de las pequeñas y medianas empresas al crédito, al capital de riesgo y a los mercados internacionales, con el propósito de promover emprendimientos innovadores y mejorar su competitividad.
Para Bolivia, el desafío es mayor debido a las deficiencias institucionales, las limitaciones en infraestructura, la insuficiente inversión en investigación y las dificultades para vincular el conocimiento generado en las universidades con las necesidades de las empresas.
El economista advirtió que la recesión económica, la inflación, las dificultades cambiarias y los ajustes económicos podrían profundizar estas debilidades si provocan una reducción de la inversión empresarial, del empleo cualificado y de los recursos destinados a la investigación científica y tecnológica.
En ese contexto, Romero consideró fundamental fortalecer la relación entre educación, investigación, financiamiento y producción, mediante condiciones económicas estables y reglas previsibles que permitan impulsar la innovación empresarial.
El especialista sostuvo que el desafío del país no debe limitarse a mejorar su posición en las clasificaciones internacionales, sino orientarse hacia la construcción de una economía más diversificada, competitiva y capaz de transformar el conocimiento y la tecnología en mayores oportunidades de desarrollo.
