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Argentina ofrece una expresión particularmente clara de esta contradicción. Durante los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández se profundizaron las relaciones económicas con China. En 2014, ambos países elevaron su vínculo al nivel de Asociación Estratégica Integral y, en 2022, durante el gobierno de Alberto Fernández, Argentina ingresó a la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Con la llegada de Javier Milei se produjo un desplazamiento político hacia Washington. Pero el cambio de orientación diplomática no hizo desaparecer los vínculos económicos con China. China mantiene una línea de intercambio de monedas con Argentina que, según datos reportados en 2025, rondaba los 18 mil millones de dólares. El hecho tiene una significación que va más allá de la cifra: demuestra que las relaciones de poder no se reducen a una elección entre dos centros de poder. Un gobierno puede aproximarse políticamente a Washington y, al mismo tiempo, conservar instrumentos financieros y comerciales, cuya importancia económica lo vincula con Beijing.
Lo que se está configurando en América Latina, por consiguiente, no es la sustitución mecánica de una potencia por otra, sino una disputa por influencia que abre, y al mismo tiempo condiciona, el margen de decisión de los Estados. Estados Unidos conserva ventajas construidas durante décadas: la proximidad geográfica, los flujos de inversión y comercio, las instituciones financieras y los vínculos de seguridad. China dispone de instrumentos diferentes, pero no menos significativos: la demanda de materias primas, el financiamiento, las obras de infraestructura, las manufacturas, la tecnología y el acceso a mercados. Frente a este escenario, la diversificación de las relaciones exteriores deja de ser una posibilidad secundaria y se convierte en un problema de política nacional. La CEPAL ha señalado precisamente los incentivos que tienen los países latinoamericanos para ampliar sus vínculos comerciales con China, la Unión Europea, India y otros socios ante las nuevas políticas comerciales estadounidenses.
En conclusión, la llamada nueva cuestión Monroe no significa que China haya venido simplemente a ocupar el lugar que antes correspondía a Estados Unidos. Lo que ha cambiado es la estructura misma de las relaciones de poder: América Latina dispone hoy de varios centros externos capaces de ofrecer mercados, capital, tecnología y financiamiento, pero también de condicionar sus decisiones. Brasil intenta preservar un margen de autonomía mediante relaciones simultáneas con China, Estados Unidos y otros socios; Argentina demuestra que un acercamiento político a Washington puede coexistir con vínculos económicos de importancia con Beijing.
El problema fundamental, por tanto, no es escoger entre una potencia y otra, sino impedir que la búsqueda de recursos, mercados o financiamiento termine convirtiéndose en una nueva relación de dependencia. La verdadera autonomía comienza cuando los Estados latinoamericanos poseen la capacidad económica y política para negociar con las grandes potencias en función de sus propios intereses nacionales, sin entregar a ninguna de ellas el derecho de decidir por América Latina.
El autor es sociólogo por la Universidad Autónoma Metropolitana, Ciudad de México.
