La reciente decisión de retornar a un tipo de cambio flexible en Bolivia marca un punto de inflexión en la historia económica contemporánea. Sin embargo, más allá del debate político y del impacto inmediato en los precios, este giro macroeconómico impone un desafío monumental, y a menudo invisible para el público, en el núcleo de nuestra economía: el sinceramiento de los balances en el sistema financiero.
Durante la etapa de mayor fijación cambiaria, el sector bancario operó bajo un esquema de supervivencia técnica. Las entidades lograron proteger su rentabilidad corporativa y gestionar sus riesgos, pero lo hicieron navegando sobre una arquitectura contable que, a partir de hoy, debe enfrentarse a las reglas del libre mercado.
La “ilusión óptica” de los fondos estatales
Para comprender cómo llega la banca a este nuevo escenario, es imprescindible desarmar un mecanismo que ha sostenido los balances en los últimos años: los fondos administrados por el Banco Central, conocidos como CPVIS.
Durante la escasez, se profundizó una dinámica peculiar. El sistema financiero mantenía inversiones registradas en dólares como los fondos de garantía entregados al ente emisor, pero recibía su contrapartida operativa netamente en moneda nacional. Esto generó un efecto de espejismo en las hojas de balance: las entidades mostraban un respaldo en moneda extranjera en sus libros, cuando en la práctica esa liquidez no estaba disponible físicamente en las bóvedas para el público, sino anclada para sostener pasivos en bolivianos.
La asimetría del blindaje: Múltiples vs. Pymes
Esta ingeniería financiera fue el chaleco salvavidas contable durante la crisis, pero la liberación del tipo de cambio revela que no todos navegaban en el mismo barco. Al analizar la posición cambiaria del sistema a mayo de 2026, se evidencia una asimetría estructural fascinante entre los diferentes actores del sector.
Cualquiera asumiría, por simple lógica comercial, que los bancos enfocados en las pymes, orientados a sectores gremiales, pequeños comerciantes y con obligaciones históricamente menores en moneda extranjera, estarían más holgados frente al estrés cambiario. Sin embargo, la radiografía a mayo muestra exactamente lo contrario: mientras los bancos múltiples registraron en conjunto un indicador de posición cambiaria del 6,49%, el de los bancos pyme se situó por debajo, alcanzando un 5,43%.
¿Por qué ocurre esto? Porque la capacidad de calzar monedas y estructurar estas complejas redes de mitigación institucional fue mucho más accesible para la gran banca, dado su mayor volumen y robustez patrimonial. Las entidades pyme, con una estructura más pegada a la economía real y al día a día del comerciante que demandaba dólares físicos, absorbieron el golpe de liquidez de manera directa, dejándolas con un menor margen de maniobra.
El dilema del Banco Central y la captación
de divisas
En este escenario de transición, queda en el aire un interrogante fundamental respecto a la arquitectura de los CPVIS: ¿qué pasará cuando el Banco Central decida devolver esos dólares al sistema financiero? Si la devolución se realiza en efectivo, en bonos en dólares o mediante instrumentos con mantenimiento de valor (MVDOL), el sistema no sufrirá sobresaltos. Sin embargo, si la liquidación se efectúa en bolivianos, esto afectaría, en menor o mayor grado, la posición cambiaria de los bancos, materializando un descalce que hasta ahora era solo latente.
Afortunadamente, el sistema en su conjunto cuenta con una posición cambiaria “larga” (activos mayores a pasivos en moneda extranjera). Esto le otorga la holgura necesaria para captar los nuevos dólares que el Gobierno espera que ingresen al sistema formal gracias a la liberación cambiaria. No obstante, el punto de tensión vuelve a recaer sobre los bancos pyme: si bien también mantienen una posición larga, sus indicadores y estructura de fondeo son mucho más volátiles y sensibles ante cualquier choque externo.
De la escasez al riesgo de crédito
Hoy, con la cotización fluctuando libremente, el reto del sistema cambia de naturaleza. El desafío ya no es la simple escasez física ni el resguardo mediante ingeniería contable, sino la gestión de la liquidez real y el impacto en la economía productiva.
Con un dólar que ahora refleja su valor de mercado, los costos operativos de importadores, industriales y comerciantes se reajustarán. Por ende, la verdadera prueba de fuego para la banca en esta nueva era no será la rentabilidad por transferencias, sino su capacidad para evitar que este encarecimiento cambiario se traduzca en un aumento del riesgo de crédito.
El sistema financiero boliviano demostró una admirable resiliencia técnica para atravesar la etapa de iliquidez. Ahora, con el retorno a la flotación, el éxito de la banca dependerá de su habilidad para acompañar la adaptación del sector productivo, pasando de la protección de los balances a la reactivación de la economía real.
El autor es Analista del Sistema Financiero y Contexto Macroeconómico.
