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Entre mayéutica socrática, movimientos sociales y poder político

Marcelo Miranda Loayza

La mayéutica, método filosófico desarrollado por Sócrates en la Grecia del siglo V a. C., constituye una de las aportaciones más relevantes de la filosofía clásica al pensamiento occidental. Su finalidad consiste en conducir al interlocutor hacia el descubrimiento de la verdad mediante el diálogo y la reflexión crítica, evitando la imposición de respuestas preconcebidas. Este método parte de un presupuesto fundamental: el reconocimiento de la propia ignorancia. La célebre afirmación socrática de que “solo sé que no sé nada” no representa una renuncia al conocimiento, sino la condición indispensable para emprender una auténtica búsqueda de la verdad.
Esta disposición intelectual exige una profunda autocrítica y una permanente apertura hacia las ideas ajenas. La mayéutica no busca la victoria sobre el adversario ni la imposición de una determinada posición ideológica, sino el descubrimiento compartido de aquello que resulta razonablemente verdadero. Sin embargo, el debate político predominante en Bolivia parece encontrarse muy distante de este ideal socrático, dado que, no existe un verdadero encuentro “mayéutico” entre el poder político estatal y los denominados movimientos sociales. Antes que el reconocimiento de las limitaciones propias, prevalece la convicción de que una de las partes posee la totalidad de la verdad, mientras la otra, es considerada incapaz de aportar elementos válidos al debate; esta actitud de autosuficiencia intelectual alimenta un clima de confrontación permanente que impide la construcción de consensos mínimos para enfrentar los problemas estructurales del país.
Ahora bien, la práctica de la mayéutica requiere la presencia de un interlocutor moralmente íntegro e intelectualmente competente, capaz de conducir el diálogo con imparcialidad y credibilidad ante todas las partes involucradas. En el contexto boliviano, esa función debería recaer naturalmente en el Defensor del Pueblo; no obstante, cuando dicha institución es percibida como cercana a intereses político-partidarios, pierde la legitimidad necesaria para desempeñar un rol mediador. En consecuencia, la posibilidad de construir acuerdos duraderos entre los movimientos sociales y el gobierno se convierte, al menos por ahora, en un objetivo difícilmente alcanzable.
En contraposición a la tradición socrática aparece la dialéctica desarrollada por Platón y, posteriormente, sistematizada por Hegel. Para éste último, el desarrollo histórico encuentra su dinamismo en la tensión permanente entre tesis y antítesis, cuya confrontación conduce a una síntesis superadora. Sin embargo, una lectura excesivamente universal de este esquema puede conducir a la idea de que toda realidad humana está determinada inevitablemente por la contradicción, dejando en un segundo plano aquellos ámbitos donde predominan la cooperación, la complementariedad y la construcción compartida.
Desde esta perspectiva, no toda evolución social depende necesariamente del conflicto. Existen múltiples dimensiones de la vida humana en las que el consenso, la solidaridad, la búsqueda del bien común y el reconocimiento mutuo constituyen motores igualmente poderosos del progreso histórico. Reducir la complejidad de la sociedad exclusivamente a la lógica de la confrontación implica desconocer que muchas de las grandes transformaciones de la humanidad también han sido fruto del diálogo, la negociación y la cooperación entre actores diversos.
Cuando la mayéutica socrática, orientada hacia la búsqueda compartida de la verdad mediante el diálogo, encuentra como contraparte una concepción política sustentada en la contradicción permanente, las posibilidades de alcanzar consensos se reducen considerablemente. Surge entonces un interrogante inevitable: ¿tiene Bolivia un futuro como proyecto nacional? A la luz de la creciente polarización política, la fragmentación social y la incapacidad de construir acuerdos institucionales duraderos, la respuesta aparece, al menos en el presente, profundamente pesimista.
No obstante, permanecer en ese diagnóstico negativo equivaldría a resignarse al deterioro progresivo de la vida nacional. La única alternativa verdaderamente sostenible continúa siendo una profunda inversión en educación, entendida no como un instrumento de adoctrinamiento ideológico ni como un mecanismo para comprar lealtades políticas, sino como un proceso orientado a formar ciudadanos libres, críticos y capaces de dialogar racionalmente.

El autor es teólogo, escritor y educador.

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