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La candidez de los buenos hombres

Gonzalo Peñaranda Taida

A pesar de todo, en Bolivia no faltan buenos hombres, irreversiblemente ingenuos, pero buenos hombres al fin y al cabo.
En su sanidad mental ven con horror cómo los gobiernos pasan y cómo cada uno de éstos va despedazando la esperanza de los ciudadanos. Las más que bicentenarias demandas del pueblo siempre tienen solucionadores de discurso y las convulsiones sociales se repiten una tras otra y, al final, todo termina en nada.
Ven desesperados que día que pasa se van empobreciendo, mientras que políticos de toda laya, sindicalistas, “izquierdistas de este tiempo”, jefes de las llamadas organizaciones sociales procazmente se transforman en insaciables oligarcas caminando en paralelo con las viejas oligarquías derechistas.
Ven que los que les prometieron mejores días van sucesivamente vaciando las arcas fiscales con voracidad insaciable. Ven que politiqueros profesionales viven eternamente del Estado sin saber nunca lo que es trabajar, pero trágicamente es el mismo pueblo el que los elige y a esto le llaman democracia. ¡Dale con la democracia!
Los buenos hombres no entienden que los “representantes del pueblo” viven asidos a su “dieta” parlamentaria, recibiendo negros sobres a cambio de su conciencia y algunos ridículamente hasta ofician de bufos “torquemadas”.
Los buenos hombres no se percatan de que el sistema de partidos políticos ha sido destruido con premeditación y alevosía, que en realidad no existen partidos, que existen solo siglas, compradas o alquiladas por un jefe que, llegado el momento, puede quedar solo, abandonado por los practicantes del transfugio.
Han olvidado o no saben los buenos hombres que antes los partidos políticos estaban organizados en función de convicciones principistas, más allá de meras inscripciones en vulgares tribunales electorales.
No saben o no recuerdan que antaño un ciudadano era militante de un partido por convicción profunda, su moral y dignidad no le permitía pasar de un partido a otro y si lo hacía, caía sobre él la pesada baldosa llamada transfugio y el tránsfuga era el leproso de la vida pública, al que nadie quería aproximarse.
Tienen que comprender los buenos hombres que ese encuadre, combinación de principios, lealtad y amor propio ha muerto, que los nuevos políticos estarán conformados en gran medida por abyectos principiantes materialistas y ayunos de conocimientos.
Desde ya los pedidos desesperados y aun la muerte de los buenos ciudadanos se perderán en la nada. Y continuará pasando todo y nada pasará.

El autor es jurista.

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