La historia política contemporánea de Bolivia arrastra una paradoja estructural: es un país con una alta ebullición social, una riqueza cultural diversa y un motor económico emergente en el oriente, pero crónicamente incapaz de consolidar líderes estadistas de alcance nacional. Desde la restauración democrática en 1982, el escenario político boliviano ha mutado de un sistema conducido por titanes históricos a un desierto de representatividad. Esta ausencia de una cabeza fuerte e institucional, con capacidad de articular las profundas fracturas geográficas e ideológicas del país, no es un detalle anecdótico; constituye el principal freno para superar el subdesarrollo, condenando a la nación a la volatilidad, al cortoplacismo económico y a una permanente polarización.
Esa diversidad cultural y el despegue económico a los que refiere el párrafo anterior son, sin embargo y de manera contradictoria, el impedimento casi decisivo para que no se haya logrado un proyecto político con hegemonía nacional. Desde la óptica de la economía, enhorabuena Santa Cruz se ha consolidado como el motor industrial del país; pero su éxito financiero y demográfico —que finalmente beneficia a todos los confines del territorio nacional en proporciones distintas, cierto, pero con equidad ante todo— ha ocasionado un divorcio estructural entre ese poder económico y el poder político, residente tradicionalmente en el occidente. Este descompás entre una y otra región pone trabas y esteriliza la posibilidad de procrear líderes allende la cordillera que nos separa de las cálidas tierras.
El regionalismo atrapado de Santa Cruz —que se ha convertido en el incuestionable eje agropecuario de Bolivia—, por decisión exclusivamente de sus habitantes ha cerrado filas en torno a dirigentes de alcance extremadamente local, traducidos en comités cívicos y plataformas regionales, construyendo una identidad basada en la resistencia frente al centralismo del Estado. Habría que ser miope para negar que esa fórmula les ha dado una formidable cohesión interna; pero habría que ser totalmente invidente para no percibir que esa forma de concebir la política los ha puesto en una posición de desconfianza ante el occidente andino. Todo este panorama configura un discurso oriental defensivo.
El modelo oriental, claro está, incentiva el libre mercado y la institucionalidad corporativa; un modelo que no logra descodificar la realidad sociopolítica andina, la cual es muy dispar con aquella. En esta última imperan el sindicalismo, la economía informal y —lo que para nadie es desconocido— la protesta política disfrazada de reivindicación social, que, especialmente a La Paz, le ha traído postergación desde tiempos inmemoriales. Por su parte, las élites orientales, desde hace por lo menos medio siglo y acuerdos de por medio, han priorizado la protección inmediata de sus mercados por encima de cualquier aspiración a la captura del poder central. Ven en el Gobernador a un “rey chiquito”, casi en paridad con el presidente de la república, al extremo de que quien actualmente ocupa ese cargo afirmó recientemente ser la segunda autoridad más importante del país.
Así, Santa Cruz ha ido descuidando la construcción de partidos políticos serios, con programas de gobierno atendibles y de largo aliento. Transcurrieron por lo menos tres generaciones y esa tierra no ha sido capaz de aprehender el interés político del país. De este modo, el subdesarrollo crónico de Bolivia también deviene de la carencia de líderes que, por su demografía e importancia económica, bien podrían salir del departamento más rico que tenemos, haciendo de ella un país incapaz de pactar políticas de Estado en todos los ámbitos, incluso en los de la industrialización.
La falta de verdaderos estadistas a nivel nacional genera que sean ahuyentadas las inversiones, aun si en algún rubro los capitales extranjeros tuvieran interés. Bolivia cuenta con la fuerza de sus regiones y sus bases productivas, pero mientras siga huérfana de una dirección política estratégica y unificadora, continuará atrapada en los márgenes de su propio potencial económico.
Es difícil de creer, pero desde la restauración de nuestra híbrida democracia, dijimos adiós a una generación de líderes. Más allá de la ideología que cada uno de ellos abrazó en su tiempo, nos volvimos incapaces de subordinar las tensiones regionales bajo una sola idea de nación. Marcelo Quiroga Santa Cruz, Max Fernández Rojas y, por supuesto, Víctor Paz Estenssoro, Juan Lechín y Hernán Siles Zuazo —sin considerar sus propias visiones de país— parecían los llamados por la historia para cambiar sin vuelta el rumbo de una polarización dolorosa.
Augusto Vera Riveros es abogado.
