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Buen aniversario

Antonio Vargas Ríos

En «Buen aniversario», de Charles Aznavour, la celebración transcurre entre esperas y contratiempos, y nunca ocurre como estaba prevista. Al final queda, por lo menos, la posibilidad de caminar juntos por París. La política boliviana suele ser menos amable.
Un gobierno comienza a fracasar cuando deja de administrar el tiempo. No hace falta que el presidente renuncie, pierda una elección o caiga en el Congreso. Basta con que otros comiencen a decidir por él cuándo cambia un ministro, cuándo se abre una carretera, cuándo estalla un escándalo y cuánto más puede esperar la economía.
La Asamblea Legislativa ya no se limita a fiscalizar al Gobierno de Rodrigo Paz: administra la duración de sus ministros. José Gabriel Espinoza fue censurado; el Ejecutivo discutió la validez de la decisión, resistió y finalmente lo retiró. La Asamblea demostró que puede derribar a un ministro; Paz, que puede protestar antes de obedecer. Desde entonces, cada miembro del gabinete sabe que su permanencia no depende solo del presidente, sino de una mayoría circunstancial. Cuando el poder se renueva votación por votación, deja de mandar y comienza a sobrevivir.
Los productores tampoco necesitan una mayoría legislativa. Les basta una carretera. El decreto 5676 pretendía ordenar el consumo y reducir el costo fiscal del diésel; terminó ordenando a los sectores afectados alrededor de un enemigo común. El bloqueo en la ruta Santa Cruz–Beni, pese al estado de excepción, mostró la distancia entre publicar una norma y poder aplicarla. Ahora el Gobierno promete ajustes y diálogo, mientras intenta evitar la abrogación. Salió del Palacio con autoridad y regresó de las carreteras lleno de correcciones. El Gobierno escribe; el territorio edita.
La Fiscalía posee otro reloj. Cada allanamiento, citación o nueva investigación contra Fernando Cerimedo vuelve a colocar el escándalo junto al presidente. No hace falta afirmar aquello que todavía no ha sido probado. Basta constatar que quien fue presentado como un asesor sin importancia, obliga ahora al Gobierno a explicar cuánto poder tuvo, qué hacía cerca del Ejecutivo y por qué nadie pareció advertirlo a tiempo. La justicia establecerá responsabilidades penales. La política ya está cobrando las suyas. Cada avance de la investigación reduce la distancia que el Gobierno intenta construir entre Cerimedo y Paz.
Y está el dólar. No interpela, no bloquea, no declara ante un fiscal. Simplemente marca el costo de la espera. Los créditos externos, el aumento de las reservas y los anuncios de inversiones pueden comprar tiempo, pero no fabricarlo indefinidamente. Una economía puede tolerar promesas mientras conserva expectativas. Cuando comienza a contar en dólares, cada demora se vuelve más cara y cada equivocación exige una explicación más convincente que la anterior.
Esta es la cadena. La Asamblea debilita al gabinete; un gabinete debilitado convierte sus políticas en negociaciones; cada retirada enseña a la calle que la presión funciona; el escándalo erosiona la confianza necesaria para pedir sacrificios; y el dólar impide que todo pueda postergarse. Ningún eslabón prueba por sí solo el fracaso presidencial. Juntos describen a un presidente que todavía ocupa el centro del poder, pero ya no controla lo que sucede a su alrededor.
El calendario dirá que Rodrigo Paz todavía no ha cumplido un año. La política puede dictar otra sentencia: hay gobiernos que terminan mucho antes de irse.
Buen aniversario, presidente.

El autor es expresidente de la Asociación de Periodistas de La Paz, docente universitario, analista político.

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