La rebelión de 1781 liderada por Tupaj Katari, fue una de las mayores insurrecciones indígenas contra el dominio colonial español. Su objetivo era restituir el poder político usurpado por la invasión y enfrentar a las autoridades coloniales, los sistemas de explotación y las estructuras que mantenían sometidos a los pueblos indígenas.
Los cercos a La Paz tenían un carácter político y militar dirigido exclusivamente contra el poder colonial. Katari desafió a las instituciones que consideraba responsables de la opresión indígena. La confrontación era contra un régimen externo y dominante, no contra las comunidades indígenas ni contra la población que compartía sus condiciones de vida y jamás arremetió en contra de su propia gente, tal como hacen los bloqueadores actuales, como los campesinos de La Paz que llevan su nombre, imponiendo únicamente toda suerte de atrocidades en contra de millones de aymaras y quechuas urbanos, a quienes someten al hambre, privan del derecho a la circulación, a la salud, etc., constituyéndose en delitos contra la vida.
Indudablemente, se considera que la lucha katarista estuvo orientada a transformar las relaciones de poder existentes y no a castigar a su propia base social, tal como lo están haciendo los bloqueadores de estos tiempos durante cerca de dos meses.
A diferencia de lo que fuera el accionar del referido héroe aymara, actúa la federación campesina de La Paz, que asume la denominación de Tupaj Katari. Lamentablemente, estos despistados bloqueadores imponen acciones totalmente contrarias al katarismo de aquel entonces. Este campesinado del sindicalismo neocolonial, desubicado, sin rumbo y carente de objetivos claros, a diferencia de Tupaj Katari de 1781, hoy y tal cual se viene constatando, arremete despiadadamente en contra de millones de aymaras y quechuas urbanos, a quienes agreden, matan de hambre, asaltan, etc. Mientras que Tupaj Katari tenía un objetivo preciso. Claro está que no era matar de hambre a su propia población, menos provocarle muertes.
Por las acciones de los bloqueadores de mayo y junio de 2026, es posible deducir que el enemigo principal es la población mayoritariamente compuesta por los aymaras y quechuas de las ciudades, a quienes el sindicalismo neocolonial, sin mencionarlo, les había declarado como sus enemigos principales. Y es en contra de ellos, que vienen arremetiendo con todas las acciones inhumanas que han ido imponiendo durante estos dos meses.
Como se viene evidenciando, todas las acciones criminales de los bloqueadores están direccionadas en contra de los habitantes de las ciudades, pero también se advierte que arremeten en contra diferentes sectores indígenas, como los transportistas aymaras y quechuas, que fueron tomados como rehenes en las carreteras hasta provocar la muerte de algunos de ellos, como consecuencia de estas acciones inhumanas impuestas por los despiadados bloqueadores. Los otros fallecimientos que sobrepasan la cantidad de 20 personas fueron causados por los mismos bloqueadores, al no permitir el paso de ambulancias con pacientes críticos.
En el debate político nacional y los propios sindicatos campesinos, suelen invocar la figura de Tupaj Katari para justificar medidas de presión social, incluyendo bloqueos de caminos. Sin embargo, una revisión histórica permite observar una diferencia fundamental entre la lucha encabezada por Katari en el Siglo dieciocho y algunos bloqueos contemporáneos que terminan afectando gravemente a la propia población nacional. Además, es preciso señalar que, si viviera Tupaj Katari en estos tiempos, seguramente que jamás hubiese sido sindicalista, porque no es la forma de organización que pertenece a su identidad.
En relación a los bloqueos actuales y sus efectos sobre la población, se puede mencionar que estas medidas prolongadas han generado consecuencias que recaen principalmente sobre ciudadanos comunes, ocasionando desabastecimiento de alimentos en las ciudades, incremento de precios de productos básicos, pérdida de cosechas y productos perecederos, paralización del transporte de pasajeros, interrupción de actividades económicas, dificultades para el traslado de pacientes y ambulancias, riesgos para el suministro de medicamentos y oxígeno a hospitales, entre muchos otros perjuicios.
En estos casos, quienes sufren los efectos inmediatos no son propiamente las autoridades gubernamentales, sino millones de ciudadanos que dependen de la circulación normal de bienes y servicios.
Cuando una familia no puede acceder a alimentos, un productor pierde toda su cosecha o un paciente crítico no llega a tiempo a un centro médico, el costo social recae sobre la población antes que sobre los responsables de las decisiones políticas que motivaron la protesta.
La principal diferencia de fondo radica en el destinatario de la presión. Mientras Tupaj Katari dirigía su lucha contra el aparato colonial que consideraba opresor, muchos bloqueos contemporáneos terminan ejerciendo presión sobre terceros, que no tienen relación directa con los bloqueadores y sus demandas. Estas grandes poblaciones afectadas resultan ser las víctimas directas.
Desde esta perspectiva, resulta difícil sostener que cualquier bloqueo moderno sea automáticamente heredero de la tradición katarista. Invocar el nombre de Katari exige analizar si la acción está realmente dirigida contra las estructuras de poder cuestionadas o si, por el contrario, está generando daños principalmente a la misma población que se afirma defender.
En una democracia, la protesta social constituye un derecho legítimo. Sin embargo, ese derecho convive con otros derechos igualmente fundamentales: la libre circulación, el acceso a la salud, la alimentación, el trabajo y la seguridad.
El desafío consiste en encontrar mecanismos de presión que permitan expresar demandas sin poner en riesgo la vida y el bienestar de la población. Cuando una medida de protesta provoca fallecimientos, impide el paso de ambulancias o genera graves perjuicios económicos a miles de familias, surge un debate legítimo sobre sus límites y responsabilidades.
La figura de Tupaj Katari ocupa un lugar central en la memoria histórica del país porque simboliza la resistencia frente a la opresión colonial. Sin embargo, utilizar su legado para justificar cualquier forma de bloqueo resulta históricamente discutible y peor, cuando se atenta en contra de su propia población.
Katari luchó contra un sistema de dominación que consideraba injusto. Los bloqueos actuales deben ser evaluados no por las consignas que los acompañan, sino por sus consecuencias reales que se traducen en más de 20 personas muertas por causa de los inhumanos bloqueos, las millonarias pérdidas ocasionadas a diferentes sectores, las agresiones a transeúntes, los asaltos y robos a la propia gente de las comunidades, entre muchos otros delitos cometidos. Si la principal víctima de una medida de presión termina siendo el propio pueblo boliviano, la comparación con el líder aymara pierde fuerza y abre un necesario debate sobre la coherencia entre los fines proclamados y los medios utilizados. Además, viendo el accionar de los bloqueadores, es preciso reiterar que Tupaj Katari tampoco asaltaba a su propia gente, tal como vienen realizando los bloqueadores sindicalistas.
La historia de Tupaj Katari invita a reflexionar sobre cómo defender los intereses de los sectores indígenas y populares, pero también sobre la responsabilidad de evitar que las acciones de bloqueo terminen atentando en contra de los derechos precisamente de aquellos en cuyo nombre se dice actuar. (La Paz, 19 de junio de 2026).
El autor es comunicador social.
