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Ruina de un país

Severo Cruz Selaez

Bolivia, en los últimos veinte años, no tuvo un gobernante, de la talla de aquel visionario, que tuvo a bien ejecutar, los objetivos de la revolución nacional. Un estadista reconocido, en el ámbito internacional. Las históricas conquistas logradas bajo su liderazgo se mantienen inmarcesibles en tiempo y espacio. Ni las dictaduras más ignominiosas lograron revertirlas. Introdujo serias e irreversibles medidas de transformación. Recuperó la dignidad de los trabajadores del campo y de las minas. Devolvió al Estado boliviano sus recursos naturales mineralógicos. Con acciones apegadas, estrictamente, al sentimiento nacional. Fue un gobernante capaz, indudablemente.
Hoy carecemos de protagonistas de tales rasgos. En los últimos veinte años no ha surgido, un gobernante que haya emulado sus sueños e inquietudes. Un gobernante capaz y responsable, de sus actos ante la historia. Con capacidad para conducir a su pueblo. Un intérprete genuino de las pretensiones de mejores días de la ciudadanía. Y defensor, en particular, de los supremos intereses nacionales. Jamás estuvo al servicio de consignas foráneas. Si se hubiera recuperado esas actitudes, otro hubiera sido nuestro destino. Hubiéramos estado alardeando de una Bolivia, con proyección histórica en la región.
Hubiéramos despertado la expectativa, de los vecinos más cercanos. Posiblemente la reactivación económica hubiera sido impulsada por el libre mercado. Con la concurrencia, además, de mayores actores, de la inversión extranjera directa. Acá no hubo, hasta hace poco, una apertura económica, hacia el mundo libre. Estuvimos atrapados, por una tendencia ideológica.
Los gobiernos de turno, han provocado la ruina del país. Nos han dejado un país devastado, tanto política como económicamente. Un país con elevado costo de vida, que se traduce en la cacerola vacía. Un país donde sueldos y salarios perdieron el poder adquisitivo. Asimismo, las rentas de los jubilados. Un país sin divisas, para adquirir combustibles. Un país saqueado por la corrupción. Un país donde se impone el contrabando. Donde el crimen organizado pretende, en ese contexto, imponer sus designios, debilitando la democracia, que fue restituida en 1982.
La intención posiblemente es quebrantar el sistema político imperante, para retomar el Poder con fines ideológicos y volver a disfrutar de ventajas, beneficios, privilegios o cargos lucrativos, estatales. La capacidad para construir una Nueva Bolivia, estuvo ausente en los últimos años. Más de once millones de bolivianos estuvieron a punto de naufragar, a consecuencia de la profunda crisis económica heredada del pasado inmediato. He ahí la realidad que angustia hoy a la población nuestra.
Un gobernante capaz y responsable se hubiera preocupado por construir un país con crecimiento y competitivo. Y no dejarnos una Bolivia desfalleciente, con una juventud frustrada que abandona el país. Es cierto que algunos gobernaron, pensando tan solo en sus bolsillos. Resultado de ello, son los nuevos ricos
En suma: los bolivianos deberíamos vivir priorizando, permanentemente, los supremos intereses nacionales, que redundan por el bien común. Jamás incurrir en actos regresivos.

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