Resulta paradójico, escuchar a la cronista chilena Loreto Correa advertir sobre la militancia política de redes académicas como CLACSO y otras organizaciones no gubernamentales (ONG) en Bolivia, recomendando a nuestro gobierno la expulsión de extranjeros que, según ella, fomentan la subversión; noticia que fue replicada por algunos medios de comunicación bolivianos y chilenos. Su diagnóstico contiene observaciones que merecen debate, y que se dé mucha atención a lo denunciado. Pero tiene una contradicción de fondo, que es inevitable no dejar pasar por alto.
La doctora Correa no es una observadora neutral. Es una académica abiertamente vinculada al Estado chileno y que ha acompañado a varios gobiernos de turno de su país, con una trayectoria de marcado perfil político. Su trabajo de investigación, presentado bajo el ropaje de objetividad científica, ha tenido por décadas un objetivo persistente: incidir en el debate interno boliviano, particularmente en temas de soberanía, recursos naturales y, principalmente, sobre el diferendo limítrofe y la reivindicación marítima boliviana, con marcada injerencia.
Resulta llamativo y hasta insincero, que una ciudadana de un país que mantiene una asimetría histórica con Bolivia, que nos ha negado una salida soberana al Pacífico y que desarrolla un constante avance híbrido o de cuarta generación en todos los ámbitos mediáticos, académicos y diplomáticos, pretenda dar lecciones sobre cómo Bolivia debe defender su soberanía de influencias externas.
Correa denuncia que extranjeros confunden a la población boliviana, pero ella misma, desde Chile, se involucra al opinar sobre asuntos que son competencia exclusiva de los bolivianos. Advierte sobre el activismo de redes como CLACSO, pero forma parte de una estructura de poder que ha utilizado la información como herramienta de influencia política. Habla de agentes subversivos, mientras actúa como agente de una visión de Estado ajena a los altos intereses de Bolivia.
No se trata de descalificar su derecho de opinar, se trata de señalar la coherencia, porque acusa lo mismo que practica, solo que desde el cobijo del poder de su propio país y con el respaldo de sucesivos gobiernos de turno. La paradoja no es que exista influencia externa, eso es moneda corriente en relaciones asimétricas, la paradoja es que quien la denuncia sea, al mismo tiempo, su más clara expresión.
Nuestro Estado haría bien en escuchar con atención lo que denuncia, teniendo memoria histórica con soberanía, observando con mirada de Alcón declaraciones, discursos, participaciones de supuestos académicos, asesoramientos, influencias directas, participación de aparentes corresponsales de prensa, defensores, políticos y legisladores de otras nacionalidades que se inmiscuyen en nuestra problemática doméstica nacional. Pero lo que hay que resaltar como trascendente es que han querido hacer de la injerencia externa un método persistente de relación con el vecino desde afuera, por lo que es bueno recordarles que, la coherencia, también es una forma de respeto entre naciones, y ¡Bolivia merece el más absoluto respeto!
El autor es Abogado, Investigador y Geopolítico.
