Bolivia atraviesa una crisis que no solamente es económica o política, sino profundamente moral, educativa y social. Cuando una sociedad pierde la capacidad de analizar críticamente su realidad, cuando se deja arrastrar por discursos emocionales y por divisiones artificiales, comienza a enfermarse lentamente. En ese sentido, la idea de “pueblo enfermo”, planteada alguna vez por Alcides Arguedas, vuelve a tener vigencia en un país donde la confrontación parece haberse convertido en la principal forma de convivencia.
Uno de los principales problemas de Bolivia es la ausencia de una educación moderna y eficiente. Durante décadas, el sistema educativo ha quedado rezagado frente a los avances científicos y tecnológicos del Siglo XXI. Mientras otros países forman ciudadanos competitivos y preparados para un mundo globalizado, Bolivia continúa atrapada en debates ideológicos y contenidos, que muchas veces, no responden a las necesidades reales de los jóvenes. Sin educación crítica, una sociedad se vuelve vulnerable a la manipulación política y al fanatismo.
Sumado a esto en las últimas dos décadas –además– el Movimiento al Socialismo (MAS) ha sembrado en el occidente boliviano una fuerte polarización ideológica, donde el discurso político dominante instaló una visión basada en la sospecha permanente hacia quien piensa diferente. Poco a poco, el debate racional fue reemplazado por acusaciones simplistas, donde cualquier crítica podía interpretarse como racismo o discriminación.
El problema se vuelve aún más grave cuando la identidad política comienza a definirse exclusivamente desde criterios raciales o regionales. Una sociedad que enseña a desconfiar del “diferente” está condenada a vivir en conflicto constante. El resentimiento colectivo se convierte, entonces, en una herramienta de poder, utilizada por sectores políticos que encuentran en la división una forma efectiva de mantenerse vigentes.
La implementación del concepto de Estado Plurinacional, lejos de unir al país, también generó nuevas fracturas, derivando en discursos nacionalistas con tintes raciales. En lugar de fortalecer una identidad común, se reforzó la idea de que existen múltiples visiones incompatibles y, además, convencidas de poseer la verdad absoluta.
Cuando una sociedad carece de pensamiento crítico, la violencia aparece con facilidad; la opinión deja de expresarse mediante argumentos y comienza a manifestarse mediante insultos, amenazas y agresiones. El adversario político ya no es visto como alguien con ideas distintas, sino como un enemigo que debe ser destruido; esta degradación del debate público es uno de los síntomas más peligrosos de una sociedad enferma. A esto se suma el poder de ciertos grupos sindicales y organizaciones políticas que han convertido la protesta en un mecanismo permanente de chantaje social, pues muchos de estos sectores ya no defienden causas legítimas, sino intereses particulares vinculados al poder económico o político. Los bloqueos, la violencia y las amenazas terminan perjudicando a la población trabajadora. mientras debilitan, todavía más, la estabilidad del país.
Bolivia necesita una transformación estructural que vaya mucho más allá de un cambio de autoridades. Resulta indispensable debatir seriamente una reforma constitucional y un nuevo pacto nacional que permita construir una verdadera visión de país. No se trata de eliminar la diversidad cultural, sino de encontrar mecanismos que permitan unir al país bajo principios comunes como la libertad, la igualdad ante la ley y el Estado de Derecho.
La reconstrucción nacional también exige una revolución educativa y ética. Bolivia necesita ciudadanos capaces de pensar, debatir y cuestionar sin recurrir al odio o al resentimiento. Solamente una sociedad educada puede resistir los discursos extremistas y construir estabilidad democrática; quizás Bolivia nació con profundas contradicciones y heridas históricas que todavía no logra superar. Sin embargo, negar la posibilidad de construir una nación sería aceptar definitivamente el fracaso colectivo. El país seguirá siendo una ilusión mientras sus ciudadanos continúen divididos por el odio, la ignorancia y la desconfianza.
El autor es teólogo, escritor y educador.
