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Conceptos en construcción, metodologías ausentes

Abraham Coaquira Huancollo

Mauricio Fierro, en Chile, 1996. Un biólogo observa cómo el turismo convencional avanza sin preguntarse qué destruye. Entonces, propone llamar bioturismo a una forma distinta de viajar, una que coloque el respeto por la naturaleza en el centro. Fue una voz solitaria. Pasaron más de diez años para que alguien la recogiera.
Ese alguien fue Guillem Chacón Cabas, gestor catalán que en 2007 fundó la Oficina Catalana de Bioturismo. No era ya una intuición, sino institucionalidad. Chacón impulsó el I Congreso Internacional en Venezuela (2010) y el II en Paraguay (2017). Allí, académicos y biólogos comenzaron a preguntarse si era posible hacer del turismo una herramienta de conservación y no solo una industria extractiva.
Héctor Cardozo Lucena, investigador venezolano, puso en 2017 la primera piedra conceptual sólida. Definió el bioturismo como una modalidad respetuosa con la naturaleza, basada en la contemplación de flora, fauna, paisajes y etnias. En paralelo, Arias Bande, desde Europa, añadió una capa distinta: habló de turismo consciente y de equilibrio físico-emocional. La naturaleza dejaba de ser escenario para volverse terapia.
En Bolivia, la pregunta se hizo territorio. Enrique Richard recorrió entre 2014 y 2016 la ruta La Cumbre-Coroico, un corredor que desciende desde los 4670 hasta los 1700 metros. Encontró comederos de zorro andino, orquídeas, líquenes bioindicadores. Y decidió que todo eso podía ponerse en valor. Su bitácora lo resume: No se puede conservar lo que no se conoce. El bioturismo, para Richard, es pedagogía con botas de campo.
Más cerca, Yujra Flores y Yujra Mamani, en 2024, estudiaron el Área Protegida Auquisamaña en La Paz. Propusieron una definición que integra cuerpo, mente, espíritu, comunidad y naturaleza. El visitante ya no es espectador: es parte del ecosistema que visita. Pero incluso este avance reveló una carencia profunda. Las herramientas que usaron para diagnosticar el potencial bioturístico no fueron diseñadas para bioturismo. Eran matrices de ecoturismo adaptadas.
Lo que tenemos hoy es un archipiélago. Chile, Venezuela, España, Paraguay, Ecuador, Brasil y Bolivia. Autores brillantes, casos exitosos, congresos internacionales. Pero las islas no conversan. No hay un lenguaje común, no hay principios compartidos, no hay metodología transferible. En 2019, un estudio académico concluyó algo inquietante: ni siquiera el turismo sustentable, con décadas de debate, es un concepto cerrado. La carrera, como dijeron Gómez-Barranco y sus colegas en 2022, apenas empieza.
El bioturismo no necesita ser inventado. Ya existe en quienes recorren senderos contando orquídeas, en comunidades que reciben viajeros con saberes ancestrales, en gestores que diseñan rutas de herpetología en el Yasuní. Lo que necesita es ser pensado. Necesita pasar de la intuición luminosa al conocimiento que pueda enseñarse, replicarse, mejorarse. Necesita, en suma, convertirse en ciencia. Porque viajar con conciencia no es solo una forma de turismo. Es una forma de habitar el mundo.
Allí reside su potencial, un bioturismo con conceptos propios y herramientas específicas no sería únicamente un ejercicio académico. Podría convertirse en una ruta efectiva para la participación comunitaria en la gestión de áreas protegidas, articulando saberes locales con criterios técnicos. Y, al mismo tiempo, podría constituirse en una economía complementaria dentro de las estrategias de bioeconomía: generar recursos económicos a partir del objeto de conservación, no a su costa. El bosque, los humedales, los comederos de zorro andino o las orquídeas dejarían de ser vistos como obstáculos para el desarrollo para transformarse en su condición de posibilidad. El bioturismo, así entendido, no es solo una forma de viajar. Es una forma de habitar el mundo que hace de la conservación una fuente digna de sustento.

El autor es Profesional de Turismo y Relaciones Internacionales.

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