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Democracia en tiempos de desorden global y desesperanza local

Gonzalo Mariaca Valverde

El debate público cobra sentido cuando sacude las certezas. A raíz de mi anterior columna en el Decano de la Prensa Nacional sobre la necesidad de ordenar el núcleo de la gestión pública, entablé un diálogo fecundo y descarnado con el pensador Javier Medina. Más que una discrepancia puntual, nuestra conversación desnudó el dilema de fondo que atraviesa a Bolivia y al mundo: en una época donde las certezas institucionales parecen desmoronarse por doquier, ¿qué margen real le queda a la acción democrática?
Lejos de un debate abstracto, se perfilan dos formas nítidas y contrapuestas de situarse ante el momento histórico:

1. La mirada del agotamiento civilizatorio: la
inutilidad del dique
Desde la perspectiva de Medina, el modelo del Estado moderno —esa arquitectura piramidal nacida en Occidente basada en leyes formales, burocracias centralizadas y control vertical— ha alcanzado su límite de saturación histórica. Los terremotos geopolíticos contemporáneos, la crisis de los consensos globales y la implosión de las normas internacionales no serían accidentes, sino síntomas de un cambio de era.
Bajo esta lectura, pretender salvar el aparato estatal mediante reformas normativas o ingenierías institucionales desde arriba es una ingenuidad: no se puede apuntalar con decretos una estructura cuyo basamento ya cedió. En un país como Bolivia, donde el Estado formal siempre coexistió con una densa trama de redes informales y poderes fácticos, la verdadera vitalidad no residiría en rescatar la cúspide palaciega, sino en comprender la potencia de la auto organización social, la resiliencia comunitaria y la capacidad de la gente para sostener la vida al margen de la ilusión estatal. El colapso del viejo molde, según esta visión, debe dejarse fluir para que emerjan otras formas de convivencia. Entonces, ¿Cómo no valorar esta mirada, cuando la historia cotidiana nos demuestra que la sociedad sobrevive y sigue batallando, la mayoría de las veces, a pesar del Estado?

2. La urgencia del timón: rescatar atisbos de racionalidad
En la otra orilla se ubica una preocupación pragmática por el “mientras tanto”. Coincidiendo en que el diseño tradicional del Estado cruje ante presiones descomunales, cabe preguntarse qué ocurre con el ciudadano de a pie si simplemente nos sentamos a contemplar la marea del caos.
Cuando el espacio público renuncia a toda disciplina técnica y a cualquier pretensión de orden mínimo, el vacío resultante rara vez da paso a una armonía espontánea. En la experiencia histórica, la anomia y el desgobierno terminan siendo cooptados por las camarillas más rapaces, la discrecionalidad cortesana y la ley del más fuerte. No se trata de aferrarse a un dogmatismo legalista ni de apostar ingenuamente a que una reforma de papel resolverá tensiones profundas. Se trata de algo más modesto y urgente: construir anclajes de solvencia técnica y criterios elementales de idoneidad que impidan que el aparato público sea fagocitado por el capricho caudillista. Es buscar pequeños islotes de racionalidad para que la crisis no termine devorando los mínimos de protección y certidumbre que la sociedad demanda.

La encrucijada del lector
La tensión no se resuelve con dogmas. Si la estructura jerárquica ya no contiene el malestar ciudadano y el caos global amenaza con pulverizar las reglas compartidas, el desafío de la democracia contemporánea queda abierto:
¿Debemos asumir que el Estado formal cumplió su ciclo y volcar nuestra energía a fortalecer los tejidos descentralizados y locales de supervivencia? ¿O es imperativo defender una mínima coraza técnica en el centro del poder para encauzar el descontento y evitar que la descomposición política arrastre al ciudadano común a la indefensión total?
La respuesta no es académica ni teórica; define el rumbo práctico de la convivencia que estamos dispuestos a construir. La palabra la tiene el lector.

El autor es consultor organizacional. Fue docente en la Maestría en Gerencia Pública de la UMSA.

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