La bioeconomía es como un horizonte conceptual dinámico, donde la economía deja de ser un ente abstracto para inmiscuirse en los procesos vitales del planeta, reconociendo que toda producción humana depende de flujos biológicos renovables. Hermann Reinheimer la vislumbró tempranamente como una simbiosis entre vida y mercados, un entrelazamiento evolutivo que Sterling Brackett amplificó, al llamarla ciencia de la supervivencia, con la energía solar como fuente primordial de toda prosperidad. Esta raíz termodinámica subraya que los sistemas económicos son abiertos, limitados por la entropía y los ciclos naturales, no por ecuaciones ilimitadas.
Nicholas Georgescu-Roegen profundizó esta noción al revelar el origen biológico de la economía, constreñida por la degradación irreversible de materia y energía, una crítica feroz al crecimiento perpetuo que resuena aún hoy. René Passet extendió el argumento al proponer la economía como rama de la biología en sentido amplio, un llamado a priorizar la vida y su lucha contra el desorden sobre el consumo desenfrenado. Así, la bioeconomía se desarrolla no como mera teoría, sino como lente para interpretar flujos de biomasa que sostienen sociedades enteras.
Mansour Mohammadian tejió entonces una visión holística, fusionando biología y economía en una disciplina interdisciplinaria que abraza la complejidad de sistemas vivos y transacciones humanas. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) que agrupa a naciones industrializadas para armonizar políticas globales, la redefinió en clave biotecnológica, imaginando un mundo donde innovaciones biológicas impulsan sectores económicos clave. Esta transición marca el paso de la academia a la acción práctica, con biotecnología como motor de valor agregado.
La Comisión Europea, órgano ejecutivo de la Unión, que diseña estrategias continentales, la concretó en la producción de recursos biológicos renovables, convertidos en alimentos, bioenergía y bioproductos dentro de un ciclo circular que elimina desperdicios. En América Latina, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), —think tank regional de la ONU enfocado en desarrollo equitativo— la adaptó con Adrián Rodríguez a realidades locales, basada en bienes de biomasa y desechos, fusionando saberes ancestrales con tecnologías modernas para un uso sostenible.
El Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA) que promueve innovación agropecuaria en las Américas, enfatizó el conocimiento biológico intensivo para generar bienes y servicios perdurables. Costa Rica la vio como ruta hacia la descarbonización, con producción de alto valor en regiones diversas, mientras la Misión de Sabios en Colombia la describió como disrupción que transforma la agricultura en eje de soluciones globales. Bugge y colegas identificaron tres pilares: biotecnológico para mercados innovadores, de biorrecursos para cadenas en cascada, y bioecológico para priorizar ecosistemas sobre expansión.
Sus innovaciones transforman vulnerabilidades en fortalezas: descarboniza al reemplazar fósiles con biomasa cíclica, salvaguarda biodiversidad mediante usos en cascada que valoran cada residuo, y diversifica economías al abrir mercados de bioproductos como cosméticos o fármacos naturales. Países exportadores de materias primas ganan competitividad al procesar localmente, rompiendo dependencias extractivistas y fomentando soberanía productiva.
Socialmente, revitaliza zonas rurales al incentivar transformación in situ de biomasa, lo que genera empleos estables, empodera a mujeres y jóvenes con emprendimientos verdes, y fortalece seguridad alimentaria mediante cadenas cortas y nutritivas. Esta multidimensionalidad, eco de Georgescu-Roegen y Passet, alinea ambiciones humanas con ritmos planetarios, ofreciendo un modelo resiliente ante crisis climáticas.
En nuestro país, en nuestras áreas protegidas repletas de biodiversidad, la bioeconomía podría florecer como catalizador, nutriendo cadenas sostenibles que equilibren conservación estricta con gestión de desarrollo comunitario.
El autor es Profesional de Turismo y Relaciones Internacionales.
