Con mucho entusiasmo y optimismo he tomado conocimiento de la reunión sostenida entre la ministra de Educación, Lic. Beatriz García y la Confederación de Maestros Urbanos y Rurales de Bolivia, donde se estableció una agenda de diálogo a través de la realización de mesas de trabajo para empezar la modificación de la Ley N° 070 Avelino Siñani – Elizardo Pérez, así como la elaboración de un diagnóstico en todos los ámbitos de la educación.
Considero que se tiene una oportunidad de oro –que no se debe desaprovechar y que difícilmente se repetirá en los siguientes años– para poder incorporar un aspecto que considero fundamental, si se trata de actualizar y modernizar el currículo educativo: la educación emocional, que se define como un proceso educativo-pedagógico que se enfoca en el desarrollo de competencias emocionales y sociales que complementan el desarrollo cognitivo para lograr un desarrollo integral de la persona. Al respecto, me permito compartir los siguientes argumentos:
La educación emocional es considerada una innovación educativa que surge como respuesta a necesidades sociales que no están suficientemente atendidas en las áreas y contenidos de la educación formal (por ejemplo: ansiedad, estrés, depresión, violencia –acoso escolar, violencia de género, violencia juvenil–, suicidios, consumo de drogas, comportamientos de riesgo, etc.); y se propone como una prevención genérica de todas ellas a través del desarrollo de competencias emocionales.
La educación emocional debe entenderse como un proceso de desarrollo humano porque aborda la totalidad de la persona, integrando el crecimiento emocional con el cognitivo y social a lo largo de la vida, enfoque que es fundamental para el bienestar, ya que desarrolla habilidades como la autoconciencia, la regulación emocional, la empatía y las competencias sociales, que son esenciales para el éxito académico, la salud mental, las relaciones interpersonales y la resiliencia ante los desafíos.
Tradicionalmente los diseños curriculares han estado centrados en el conocimiento científico-técnico y académico, y no en la dimensión emocional; sin embargo, siempre se ha planteado la necesidad de la educación integral, ya que deben desarrollarse todas las dimensiones del individuo. Este desinterés por la educación emocional, sin duda, influye en muchas de las disfunciones sociales y emocionales de nuestro tiempo, como son la inestabilidad emocional, baja autoestima e inseguridad, dificultades en las relaciones interpersonales, problemas de impulsividad, impacto negativo en el rendimiento académico y otras.
El nuevo marco laboral mundial (y Bolivia no es la excepción) pone su énfasis en temas como la empatía, resolución de conflictos, tolerancia a la frustración, apertura al diálogo y al debate constructivo, flexibilidad, adaptación, trabajo en equipo, pensamiento crítico, autocontrol, autoestima y otras habilidades blandas que requieren de la formación de un profesional con un alto nivel de competencias emocionales. Por eso mismo se señala que las aptitudes emocionales tienen el doble de importancia que las aptitudes solamente técnicas o intelectuales.
Debe incorporarse la educación emocional como respuesta a la demanda social que pide la formación de un ciudadano que sea capaz de vivir en armonía consigo mismo y con los demás, que alcance altos niveles de bienestar y que contribuya a la construcción de una sociedad y un mundo mejor.
La educación emocional es el desafío de la educación del Siglo XXI, ya que propone poner en el centro a la persona y el desarrollo de todas sus dimensiones, además de plantear la necesidad de una educación integral en la que lo cognitivo sea complementado por lo emocional.
“La educación no sólo debe enseñar a pensar sino a sentir”.
El autor es Abogado, experto en Inteligencia Emocional y Desarrollo Personal.
