Bolivia está inmersa en una profunda crisis económica. Está pagando con creces los desaciertos gubernamentales del pasado inmediato. Hoy no dispone de dólares ni para adquirir combustibles. La pobreza afecta a los sectores populares, por la pérdida del poder adquisitivo. El costo de la canasta familiar ha trepado a las nubes. Pese a que Bolivia posee recursos naturales, en oriente y occidente. Pero no tiene los fondos necesarios para explotarlos, exportarlos y generar divisas, para impulsar el desarrollo sostenible.
Los presidenciables, en este contexto, han peregrinado a Estados Unidos, creyendo que es la meca de la salvación económica, para la sufrida nación boliviana. Buscaron contactos con organismos, empresarios e inversionistas de dicho país, que tuvieran interés en traer sus capitales a nuestro territorio. Obviando inclusive las convicciones ideológicas. Parece que por ahora no corre el frenético discurso antiimperialista, tan propalado en el Estado Plurinacional. “La necesidad tiene cara de hereje”, dirán algunos. ¿Pero habrá alguna posibilidad de ofrecer seguridad jurídica a los empresarios e inversionistas foráneos? He ahí el quid del asunto.
El próximo gobierno, sea cual fuere su tendencia, requerirá unidad para ejecutar proyectos de interés común. Con asistencia externa, o sin ella. Pero con acuerdos, coincidencias, afinidades o la compartición del Poder. Para aunar esfuerzos, en el propósito de salvar Bolivia. Para superar la crisis económica, que nos legaron quienes asumieron el Poder en 2006. Para remozar el espíritu de bolivianidad, como signo de firmeza ante la adversidad. Para ratificar la férrea articulación de fuerzas, entre los bolivianos de corbata y poncho, de los talleres y de las oficinas, de transportistas y de usuarios, de los gremialistas y de los empresarios, de los mineros y de los agricultores, quienes conviven y trabajan, en armonía con los supremos intereses nacionales. Sin incurrir en discriminaciones ni cosas parecidas.
Las agresiones verbales hieren la dignidad de las personas. Heridas que demoran en sanar. Que se mantienen abiertas, en el tiempo y espacio. Que marcan de por vida, a quienes lo han proferido. Que se constituyen en rémoras, para plasmar la anhelada unidad. Por ello habría que evitar incurrir en hechos de esa naturaleza. Lo propio ocurre con las actitudes regionalistas, eue abren brechas, en vez de consolidar la integración. Que no hacen otra cosa que distanciar al oriente y occidente. Dos regiones que contribuyen al progreso, en el marco de sus posibilidades.
Requerirá de reconciliación, para lograr entendimiento. Para apostar por la estabilidad política. Para hablar un solo lenguaje, en busca de un futuro mejor. Para avanzar hacia las metas del progreso y engrandecimiento nacional. Para que a nadie le falte, “el pan nuestro de cada día”. Para que haya nuevas fuentes de trabajo.
En suma: aún es tiempo para construir la unidad nacional, promoviendo la reconciliación en política.
Unidad y reconciliación
Severo Cruz Selaez
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