Sueño estando sentado en la Plaza 24 de Septiembre, bebiendo mis ansias diluidas en un vaso de somó, rememorando la vida que tuve y deseando la que pude tener. De fondo la “Niña camba” del maestro César Espada —interpretada por un músico ambulante—, y esa declaración que resuena: “… soy bohemio que dice su adiós, soy un ave libre que busca la felicidad. Camba, yo sé que te llevo dentro, porque mi canto y mis versos siempre te quieren nombrar…”.
Santa Cruz de la belleza, Santa Cruz de la inspiración, Santa Cruz de la solemnidad; exquisitamente afrodisíaca, delicadamente apolínea, cuando se le antoja dionisíaca, la definen los verbos que se atribuyen a los dioses benevolentes, y los que reivindican a las deidades pícaras. Porque Santa Cruz de la Sierra es también mi Santa Cruz, donde quedé clavado, expiando los pecados que olvidaron mis antepasados en la sombra de su carnaval.
Lo que me pasa con la Ciudad de los Anillos es personal, pues cada vez que contemplo el atardecer del río Piraí, la Catedral Basílica de San Lorenzo, o el Monumento Cristo Redentor, retorno a mi destino un poco más incompleto; la tierra del ilustre Cañoto, siempre se adueña de trozos de mi ser. Estoy consciente de que, si vuelvo a menudo llegará un día en que únicamente me halle pleno, en su embrujo de tajibos rosados y palmeras de saó.
Porque al igual que mis antecesores, renuncié a la felicidad que me prometían sus labios de achachairú y sus ojos de guapurú, dejé de circular por sus amplios anillos y sus curvas de toborochi, olvidando en la Capital del Oriente Boliviano, amores inconexos y amistades ofuscadas, romances de parabas aventureras y susos distantes. Debería volver para solicitar su perdón, ofreciendo lo más valioso que tengo: mis versos endiablados.
¡¡¡Oh, mi seductora Santa Cruz!!! Podría dedicarle poemarios enteros sobre su próspera brisa, y a pesar de ello, no quedaríamos a mano, pues me regaló los besos más placenteros. ¿Será que en este planeta exista un edén tan espiritual, y a la vez tan carnal que se pueda comparar con su natural belleza?, mis sentimientos hacia su llanura me responden por sí solos; no hay lugar que me haga sentir lo que siento, cuando sus notas musicales me atraviesan el pecho.
Ya lo mencioné en un escrito anterior: las noches de oscilación anatómica, fueron guiadas por la Tamborita de sus latidos, hasta el albo de las sábanas resaltaron sus verdes caderas, componiendo un Taquirari saudade imposible de replicar. Mi prosa nace de la cavilación que me brinda Santa Cruz, la misma que inspiró a la insuperable Gladys Moreno a cantar con gran pasión, porque su clima tropical te abraza con fervor, concediendo una libertad soñada.
El autor es comunicador, poeta, artista.
