El uso de tecnologías y de inteligencia artificial (IA) redunda en la disminución de producción de objetos que otrora era común: la cultura material. Artefactos, instrumentos musicales, vestuario tradicional, juguetes, objetos mágicos, ahora solo se pueden apreciar en los museos, y en Bolivia más aún, donde son los objetos mismos quienes nos descubren, cuando emergen de los suelos en forma de vasijas o misteriosos caracolitos o aparecen en alguna casa, olvidados por la muerte de sus dueños.
Piezas, objetos, bienes culturales, bienes museales. una cadena de significados para el mismo conjunto de átomos que los seres humanos elaboran desde el genio creativo… cada vez menos y lo poco que hay se guarda en los hogares, en los templos y en los museos.
Museo de la chicha, museo del fútbol, museo de trenes, museo de los dinosaurios, museo del pueblo tal o cual, museo de la arqueología de tal o cual lugar, casa museo del Moto Méndez y casa museo del Gral. Banzer, Bolivia, tan fértil en culturas, también lo es crear museos, 240 he contado, de seguro son muchos más.
¿Por qué el boom de los museos no termina? Las largas noches de museos explosionaron estas casas de memorias, pero, además, la nostalgia por el pasado donde todos creaban sus propios objetos es más intensa y el único lugar para consolarnos ante esa pérdida inminente son nuestros museos. Añoranzas de un pasado que no nos dejó más que un mensaje: el misterio de lo poco que quedó y que aún podemos tocar, oler, sentir e imaginar algo sobre él.
Solo podemos acercarnos a ese pasado –idealizado, por tanto, glorioso– mediante una triste fotografía con el celular, solo podemos, quizá si nos permitiesen, acariciar cada objeto para imaginar, pobremente, las manos que le dieron forma… ni las técnicas inmersivas podrán decirnos nunca cómo aparecieron esas piezas, quiénes las usaron, por donde anduvieron, solo queda imaginarlas a partir de las esforzadas investigaciones que intentan brindar algunos datos sobre esos “bienes culturales”, ahora convertidos en piezas de museo, silenciosas, estáticas, resignadas a la suerte que los directores de los museos podrán darles.
Para no olvidar las historias que quedan dentro y detrás de los objetos, los bolivianos hemos elegido el camino de montar museos. Aquí se llama museo tanto a una habitación con objetos antiguos acumulados en desorden como a un gran inmueble con exposiciones temporales y permanentes bajo cánones museológicos establecidos. Hay de todo, casas-museo, con un personaje histórico, y museos-casa como en Potosí, donde los dueños de varios de los caserones –que continúan viviendo en ellos– permiten amablemente el ingreso de público e incluso brindan opíparas cenas que los visitantes agradecen en sumo grado.
No importa si los objetos obedecen a un guion museológico o se trata de cúmulos de piezas: el público es ávido para todo ello porque lo mueve esa nostalgia y no necesariamente el encuentro de un tema muy bien elaborado…
¿Qué encanto tienen esos objetos empolvados y poco interpretados o aquellos perfectamente alineados en elegantes vitrinas? ¿Por qué nos cautivan? ¿Qué mensaje oculto traen en sus partículas? Compre un ticket de ingreso a un museo y podrá saberlo.
La autora es antropóloga.
