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El capitán y la tripulación

Antonio Vargas Ríos

Un mal capitán puede hundir un barco. Pero una tripulación que sistemáticamente confunde experiencia con entusiasmo, mando con popularidad o navegación con discurso, corre el riesgo de repetir la misma historia una y otra vez.
Durante meses hemos dirigido nuestra atención al gobierno. Hemos examinado sus decisiones, sus errores, sus vacilaciones y sus dificultades para conducir el país. Y probablemente seguiremos haciéndolo. La crisis económica, la escasez de combustibles, los conflictos recurrentes y la incertidumbre que se ha instalado en la vida cotidiana obligan a ello.
Sin embargo, existe una pregunta que rara vez aparece en el debate público. Una pregunta menos cómoda que todas las anteriores.
¿Qué papel desempeñamos nosotros en la construcción de estos desenlaces?
En democracia existe una tendencia comprensible a concentrar toda la atención sobre quien ocupa el puente de mando. Cuando las cosas salen mal, la mirada se dirige naturalmente hacia el gobernante. Después de todo, fue él quien asumió la responsabilidad de conducir la nave.
Pero la explicación resulta incompleta.
El capitán no llegó allí por accidente. No tomó el timón por la fuerza. Fue elegido. Millones de ciudadanos consideraron que poseía las condiciones necesarias para conducir la travesía y llevar la embarcación a un puerto mejor del que habían zarpado.
Por eso, al votar, los ciudadanos no solo eligen gobernantes. También eligen los criterios con los que serán gobernados. Y después deben convivir no únicamente con el elegido, sino también con las consecuencias de su propia elección. Con su gobierno o con su desgobierno.
La cuestión no consiste en repartir culpas. Tampoco en sostener que toda la responsabilidad recae sobre los votantes. Quien aspira al mando asume una obligación superior frente a quienes depositan en él su confianza. Gobernar nunca ha sido un ejercicio menor.
Pero tampoco es razonable imaginar que la sociedad permanece completamente al margen de los resultados que produce.
La pregunta verdaderamente incómoda no es qué hizo mal este o aquel presidente. Las preguntas son otras:
¿Qué características seguimos premiando una y otra vez en el momento de entregar el timón?
¿Qué cualidades valoramos y cuáles ignoramos?
¿Qué señales observamos y cuáles preferimos pasar por alto?
Porque las sociedades también desarrollan hábitos políticos.
Durante años nos comportamos como si la abundancia fuera permanente. Como si las reservas se reprodujeran solas, como si el futuro pudiera financiarse indefinidamente con la riqueza acumulada en el pasado. En más de una ocasión hemos confundido capacidad de gobierno con capacidad de movilización, liderazgo con popularidad y administración con discurso.
Equivocarse no es el problema. Todas las sociedades lo hacen. El problema aparece cuando los errores dejan de ser corregidos y empiezan a repetirse. Una vez puede ser un accidente. Dos, una negligencia. Muchas veces, una costumbre. Pocas cosas resultan tan peligrosas como una sociedad que convierte sus errores en tradición y hace de la equivocación su vocación de futuro.
Las próximas elecciones llegarán tarde o temprano. Los nombres cambiarán. Los partidos cambiarán. Los discursos cambiarán.
¿Cambiarán también los criterios con los que elegimos?
Porque los ciudadanos no solo conviven con sus gobernantes. También conviven con sus propias decisiones.

El autor es expresidente de la Asociación de Periodistas de La Paz, docente universitario, analista político.

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