El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán ha entrado en una nueva fase: el “alto al fuego temporal y parcial”. Sin embargo, lejos de significar el fin de la guerra, este punto de inflexión permite evaluar con mayor claridad quién ha avanzado —y quién no— en los dos planos decisivos del conflicto: el militar, el económico y el narrativo.
Tras 41 días de enfrentamientos, las partes acordaron una tregua de dos semanas, mediada internacionalmente por Pakistán, en medio de amenazas de escalada mayor y riesgo de colapso regional. Sin embargo, en la práctica, el alto al fuego ha sido sólo parcial, ya que Israel continuó con ataques a Heezbolá en el sur de Líbano, lo que provocó el cierre parcial del estrecho de Ormuz por parte de Irán.
Evaluando lo que ha pasado en las últimas semanas, en el plano estrictamente militar, el balance sigue favoreciendo a Estados Unidos e Israel ya que durante el conflicto: fueron ejecutados ataques masivos contra infraestructura crítica iraní; fueron golpeadas instalaciones estratégicas, incluidas energéticas y militares; fueron degradadas capacidades operativas relevantes y se diezmó a las máximas autoridades del régimen iraní.
Sin embargo, los objetivos centrales no fueron alcanzados plenamente, aparentemente Irán aún cuenta desarrollando su programa nuclear, el régimen político, aunque disminuido y afectado, no cayó, además que mantiene capacidad de respuesta y control territorial.
Entre estos tres últimos objetivos, me parece que el que motivó principalmente a esta movilización sorpresiva, fue la de la caída del régimen, creyeron que como en Venezuela, pasaría lo mismo tras la caída de Maduro, muerto el perro chau las pulgas. Contaban, además, con que existirían movilizaciones en las calles, tipo Primavera Árabe de hace más de 15 años, en este caso una Primavera Persa, pero no fue así, primó el miedo de los sectores opositores al régimen, que fueron duramente reprimidos entre enero y febrero de este año con miles de muertos. Hubo, por tanto, una falla de cálculo en ese ámbito. Respecto a las motivaciones antinucleares, resulta contradictoria la incursión en 2026 bajo ese argumento, cuando en la guerra de los 12 días en 2025, supuestamente se había dejado sin efecto los avances de enriquecimiento de uranio, tras los bombardeos por parte de Estados Unidos.
Por todo esto, podemos decir que militarmente, Estados Unidos e Israel ganaron en objetivos tácticos, pero no lograron la victoria estratégica.
En lo económico, no hay mucho por donde perderse, Irán tiene a su infraestructura industrial severamente dañada, la inflación disparada con niveles de desempleo crecientes y una posible contracción económica del 10%, pero eso sí, demostró que Estados Unidos es un gigante que sangra, porque a pesar de ser el mayor productor de petróleo del mundo, vio el precio de carburantes elevarse, incluso en su propio territorio, lo que fue nocivo para la administración republicana en época de elecciones de medio término, por lo que hoy todas las encuestas favorecen a los demócratas.
Un ámbito importante en la guerra, es el de la narrativa y el relato, es así que, si el campo militar muestra una victoria incompleta de Estados Unidos e Israel, un efecto mucho más negativo en Irán respecto a la economía, en el plano de la propaganda se presenta una dinámica distinta. En Teherán, sectores de la población celebran el acuerdo como una victoria simbólica frente a Estados Unidos, algo que además es celebrado por organizaciones “anti imperiales” en el mundo, irónicamente incluso hasta feministas. Estados Unidos intenta presentar el acuerdo como éxito diplomático y que Trump ha sido un líder fuerte que hizo doblegar a la guardia revolucionaria gracias a sus posteos en su “Truth Social”, pero le es difícil negar que no cumplió sus objetivos iniciales.
Irán sobrevivió y en este caso sobrevivir ha sido ganar. En este ámbito el punto se lo lleva Irán.
El conflicto entra ahora en una fase altamente incierta, con tres escenarios posibles: el primero tiene que ver con una nueva escalada, esta vez controlada, con ruptura del alto al fuego, es posible que se lleve a cabo ataques selectivos y esto ponga en alerta a los aliados circunstanciales de Estados Unidos en la región. El segundo escenario tiene que ver con una guerra de desgaste, pero no en el plano militar, sino en el ámbito político y del relato, para debilitar a Trump y tener caras más amigables en la Casa Blanca, como los demócratas, con quienes les ha sido posible llegar a acuerdos. Este escenario será el que procure Teherán, para ello dilatará las negociaciones, hará una campaña de desprestigio y trabajará de manera sigilosa en su rearme y recuperación. El tercer escenario, que será el que impulsará Estados Unidos, es el de un acuerdo parcial sobre el programa nuclear, suficiente para mostrar a Trump como ganador. Se intentará armar a la oposición al régimen en la búsqueda de una pronta revolución interna que derroque al régimen, mejor si es este mismo año y ataques a los proxys de Irán por parte de Israel, como a Heezbolá o lo hutíes en Yemen.
Mientras todo esto pasa, China observa, porque de ello depende su plan de reunificar a Taiwan; Rusia busca desesperadamente su asiento en la mesa de las decisiones globales, pero ha sido incapaz de ayudar a uno de sus principales aliados como es Irán, ya que apenas puede contra Ucrania; y la Unión Europea no logra encajar con los humores de Donald Trump y dice esta boca no es mía.
El autor es abogado.
