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La palabra, el poder y la verdad que el Beni ya entendió

Lavive Yáñez Simon

En la vida pública hay algo que debería ser sagrado: la palabra. Cuando escuchamos en campaña al candidato Rodrigo Paz Pereira hablar de desarrollo, de oportunidades y de un país que debía mirar con justicia a sus regiones, en el corazón del Beni nació una esperanza legítima. Porque los pueblos siempre están dispuestos a creer cuando se les habla con respeto.
Pero cuando desde el poder se afirma —como en el caso de San Matías— que primero hay que producir para recién pensar en obras, lo que queda en evidencia no es un desafío técnico, sino una contradicción política profunda.
Porque ese discurso, llevado a la realidad del Beni, no solo desconoce nuestras limitaciones estructurales: revela una forma de entender el poder donde las promesas sirven para llegar y las condiciones sirven para justificar la inacción.
Y ahí está el problema de fondo.
Demasiadas veces la política en nuestro país ha convertido la esperanza en una herramienta electoral y no en un compromiso real. Se habla con entusiasmo en campaña, pero se gobierna con distancia. Son ofrecidas soluciones, pero luego son impuestas condiciones que jamás fueron mencionadas cuando se pedía el voto.
Entonces la pregunta es inevitable: ¿se trata de falta de coherencia, de cálculo político o simplemente de una cultura donde prometer no tiene consecuencias?
Porque cuando se les dice a regiones históricamente postergadas que primero deben producir para merecer desarrollo, lo que en realidad se está diciendo es que el Estado renuncia a su responsabilidad de generar condiciones y traslada la carga a quienes menos tienen.
Eso no es liderazgo. Eso es comodidad del poder.
Durante años se le ha pedido al Beni que sea más productivo, más competitivo, más eficiente. Pero producir sin caminos, sin energía competitiva y sin integración real no es un desafío: es una imposición imposible.
Mientras tanto, el discurso cambia según la conveniencia política, dejando claro que muchas promesas no eran una visión de país, sino un recurso de campaña.
Aunque esta realidad también ha dejado una lección clara.
El Beni ya entendió que no puede seguir esperando coherencia donde muchas veces solo hay cálculo político. Que su desarrollo no puede depender de discursos que cambian según el momento, sino de su propia capacidad de organización, de liderazgo local y de la fuerza de sus municipios.

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