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Un saludo a la bandera

Gonzalo Peñaranda Taida

Sin brizna de patrioterismo, regidos simplemente por el sentido común, entendemos que hoy, que tanto se alude a la “patria”, se debiera por lo menos evitar ofender a algunos de sus “símbolos”, tal el caso que en acto público, cuando se trata de menospreciar algo, calificándolo despectivamente de intrascendente o inservible, se dice con desprecio e ignorancia que es un simple “saludo a la bandera”. Resulta la pagana de todos estos dislates la bandera, que nada tiene que ver con el hecho devaluado y menos con el supino discurseador automático de turno.
Lo que no saben los recitadores de ocasión, es que el saludo militar o civil a la bandera representa respeto, lealtad y compromiso hacia la nación. Al usar esta frase para describir algo que les parece inútil, se asume que el saludo a la bandera es un cascarón vacío: un gesto sin alma ni convicción.
En algunos países tiene sentido el recurrente “saludo a la bandera”, como una expresión despectiva, cuando se obligaba a los nacionales a saludar la bandera extranjera impuesta en guerra, la chilena por ejemplo en suelo peruano, en tierras cautivas, acto que significaba una humillación: éste sí que era un “saludo a la bandera” (ajena) en su sentido más justificadamente despectivo.
Sin embargo, este no es el caso boliviano, de ahí que su repetición mecánica presenta a sus repetidores como a una especie de cacatúas parlantes, que dicen muy bien lo que dicen, pero que no saben qué es lo que están diciendo. Es un formalismo de hipocresía y de ignorancia. Esta barbaridad se agrava en nuestro medio cuando son autoridades superiores las que impertinentemente pronuncian el “saludo a la bandera”, tal como ocurrió últimamente.
Así que sería mejor que dejen en paz a la pobre bandera, que nada tiene que ver con estas sandeces.

El autor es jurista.

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