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Pérdida de identidad y sentido

Marcelo Miranda Loayza

No resulta descabellado afirmar que el ser humano contemporáneo enfrenta una creciente dificultad para encontrar sentido a su propia existencia. La pregunta fundamental acerca de para qué estamos en el mundo parece haber perdido relevancia frente a una cultura centrada en la inmediatez, el bienestar y la satisfacción de las necesidades individuales. En algunos casos esta crisis llega incluso a plantear la idea de que la ausencia del ser humano sería beneficiosa para la naturaleza y la biodiversidad, bajo el argumento de que, sin nuestra presencia, desaparecerían también muchas de las formas de deterioro y violencia ejercidas contra el mundo natural. Esta perspectiva conduce inevitablemente a un interrogante fundamental: ¿está perdiendo el ser humano el sentido de su propia existencia?
Cuando una persona deja de encontrar un horizonte que oriente su vida, el sentido comienza a diluirse y es sustituido por una sucesión de experiencias destinadas a llenar el vacío existencial. De este modo, aparecen verdaderos “bucles de tiempo” construidos alrededor de la felicidad inmediata, el entretenimiento y el gozo permanente, en los cuales la oscuridad, el miedo, el sacrificio y la trascendencia parecen no tener cabida. Sin embargo, una existencia que pretende excluir toda forma de sufrimiento corre el riesgo de convertirse en una experiencia superficial, porque difícilmente puede hablarse de trascendencia cuando se rechaza aquello que exige esfuerzo, renuncia, perseverancia y capacidad de atravesar las dificultades propias de la condición humana.
En este contexto, el sentido de la existencia puede terminar transformándose paradójicamente en un auténtico sinsentido. Aquello que debería vincular la vida con un propósito superior pierde progresivamente su capacidad orientadora y es reemplazado por experiencias concebidas como una especie de “check list” existencial: viajar, experimentar, consumir, divertirse, alcanzar determinados objetivos y acumular emociones. La vida intensa en experiencias puede convertirse en una vida profundamente vacía de propósito. Tener muchas experiencias no significa necesariamente haber encontrado una razón para existir.
La pérdida de sentido se encuentra estrechamente relacionada con una crisis de identidad. Desde una perspectiva antropológica, cuando el ser humano comienza a cuestionar o incluso despreciar aquello que lo caracteriza como tal, se produce una transformación profunda de la manera en que comprende su propia existencia. El cuerpo, la mente y el corazón dejan de ser considerados dimensiones constitutivas de una realidad humana singular y pasan a interpretarse únicamente como elementos circunstanciales de una existencia carente de referencias estables. La relación con el propio cuerpo, la sexualidad y la identidad se convierte entonces en un territorio de permanente incertidumbre.
Una sociedad integrada por personas que experimentan simultáneamente una crisis de sentido y una crisis de identidad corre el riesgo de convertirse en una masa social profundamente disconforme consigo misma. Cuando desaparecen los referentes antropológicos, éticos y espirituales capaces de proporcionar orientación, puede surgir una actitud acrítica que termina cuestionando no solamente determinadas estructuras sociales, sino incluso el valor de aquello que constituye lo humano. En su expresión más radical, esta lógica puede conducir al desprecio de la dimensión trascendente y a la percepción de la humanidad como una especie esencialmente depredadora, cuya desaparición sería preferible a su transformación.
En ese sentido, resulta particularmente sugerente recuperar el pensamiento del sacerdote jesuita, Pierre Teilhard de Chardin, para quien el ser humano no constituye un simple habitante pasivo del universo, sino un momento singular dentro del proceso evolutivo: la humanidad representa, en cierto sentido, aquella realidad mediante la cual el cosmos adquiere conciencia de sí mismo. Desde esta perspectiva, la existencia humana no es un accidente carente de dirección, sino una realidad abierta a la evolución, al conocimiento, a la responsabilidad y a la trascendencia. Frente a una época en que la humanidad pareciera experimentar una profunda pérdida de identidad y de sentido, no basta con preguntarnos qué queremos experimentar en la vida; la pregunta verdaderamente esencial es: ¿para qué queremos vivir y qué sentido estamos dispuestos a otorgar a nuestra existencia?

El autor es teólogo, escritor y educador.

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