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Sobre raterío y pillerío

David Foronda H.

El raterío es el hurto de cosas de poco valor, especialmente si se hace con maña y cautela. Es una acción mezquina y ruin en tratos y negocios. Y pillerío se refiere a una acción fraudulenta, un engaño o una picardía. En países como Bolivia también se usa para hacer referencia a la corrupción organizada a través de una gavilla o conjunto de pillos, vale decir un grupo de personas que actúan de forma maliciosa o delictiva.
Con esas dos palabras se puede describir lo que, particularmente en las últimas décadas, viene aconteciendo en el país, donde paciera que las autoridades de distintos niveles son indiferentes, en medio de la incertidumbre y desesperanza de la colectividad nacional. Tal situación se repite hasta el hartazgo. Es lo que acaece ahora debido principalmente a problemas económicos y a intereses meramente políticos, lo cual está a la vista en el extenso territorio patrio, por escasez de dólares, falta de empleos, por un presidente y vicepresidente que andan como el gato y el ratón, y de por medio incluso un perro, sin que de veras se dediquen a desplegar esfuerzos conjuntos a favor de los bolivianos.
Si esto se da en las altas esferas, los ejemplos negativos cunden en nuestra sociedad, donde ya no se puede hablar de agio o especulación, sino de alza desmesurada de precios de productos de la canasta familiar. Por ello se tiene que decir que se trata de “raterío” y “pillerío”, puesto que comerciantes inescrupulosos hacen lo que les viene en gana y, lo que es peor, ante el mutismo e indiferencia de autoridades ediles, y de defensa del consumidor, que brillan por su ausencia. Ya no se ve guardias municipales como otrora, en mercados, centros de abasto, y en las calles. También en las vías públicas no hay presencia de agentes de parada de tránsito. Inclusive están ausentes los policías que en parejas recorrían los barrios de la ciudad. Esa presencia de uniformados ha quedado en el recuerdo.
Ante esas “desapariciones” de agentes uniformados municipales, baritas, y los llamados “rondines” policiales, hoy comerciantes insensibles, conductores trameadores irascibles, y delincuentes de toda laya, hacen de las suyas en todo punto capitalino. ¿Eso es dar seguridad ciudadana?, se preguntan los azorados y atemorizados vecinos de la urbe que ya no vive en paz, por la incapacidad de cualquier autoridad de turno.
Demás está decir que a raíz del alza del dólar y la eliminación de la subvención del diésel, los unos y los otros, incurren en abusos contra la ciudadanía de a pie, que no tiene quién la defienda, aunque haya un “Defensor del Pueblo” que sobre estos temas casi nunca se pronuncia. Por ello las protestas surgen en las laderas, las villas o el centro capitalino, e incluso en la denominada zona sur.
Es así que el raterío y el pillerío, se han convertido en males que acosan a una sufrida ciudadanía. Es de esperar que todo esto simplemente sea un mal sueño.

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