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Guardianes desarmados y fiebre del oro que devora

Bolivia posee una de las riquezas biológicas más formidables del mundo, un patrimonio de biodiversidad que debería ser el pilar de su soberanía. Empero, esta condición de la naturaleza coexiste con una dolorosa paradoja: la profunda precariedad y pobreza institucional de un Estado incapaz de proteger sus propios tesoros. En la primera línea de esta resistencia ecológica se encuentran los guardaparques, hombres y mujeres cuya labor es de las más trascendentales en la actualidad, pero que subsisten bajo el desamparo oficial, enfrentando amenazas sin el equipamiento básico ni el respaldo jurídico necesario frente a las mafias extractivas.
La señal más alarmante de esta desidia estatal es la violenta expansión de la minería aurífera, una actividad depredadora que avanza sin frenos morales ni geográficos. En las últimas semanas, las alarmas se encendieron cuando maquinaria pesada vinculada a cooperativas mineras llegó directamente a los bordes y límites territoriales del refugio Senda Verde, en Coroico, donde se refugian animales exóticos. Resulta monstruoso que la codicia del oro ponga en riesgo inminente un santuario que alberga a más de mil animales silvestres rescatados y que son protegidos por personas que realizan una noble labor. Destruir los ríos y talar los bosques que circundan este espacio no es solo un delito ambiental, es la prueba de que el extractivismo descontrolado no respeta leyes, reservas ni vidas.
El destino de Senda Verde y el abandono de nuestros guardaparques reflejan la miseria de un país que prefiere empeñar su futuro ambiental a cambio de réditos inmediatos y mercurio en las aguas, que está minando la salud de varias comunidades. Cuidar la Casa Común no puede ser el esfuerzo aislado de activistas perseguidos y funcionarios precarizados, sino también del Estado. Si el Gobierno no asume la defensa real de sus áreas protegidas, si no frena la voracidad de la minería ilegal y si no dignifica a sus guardianes, la majestuosa biodiversidad boliviana pasará a ser tan solo un recuerdo lejano en medio de una geografía devastada por la pobreza.
En países altamente civilizados, como Canadá o Noruega, los guardaparques y bomberos forestales son tratados con mucha dignidad y respeto, pues su ardua labor es reconocida como una de las más importantes, igual que la del maestro o profesor. Pero como Bolivia parece ser el país al revés, es decir, un país donde el guardaparques es tratado con desdén e indiferencia, mientras que un politiquero o sindicalista es tratado como si fuese realmente necesario para el desarrollo de Bolivia, los profesionales realmente valiosos son tratados injustamente y reciben bajos salarios.
Como decía el pensador Antonio Escohotado, un indicio de civilización, riqueza y desarrollo es la educación de la sociedad; así, un pueblo es rico no por sus recursos naturales ni por su PIB como tal, sino por cómo se comporta y trata a sus integrantes, sobre todo a los buenos y valiosos.

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