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El país que produce su futuro

Oscar A. Heredia Vargas

Lo que Bolivia hace con sus bonanzas y aprende de sus crisis

Hay países que tienen recursos y no logran convertirlos en desarrollo. Hay otros que atraviesan crisis y salen de ellas con una economía diferente. La diferencia no está solamente en cuánto tienen, sino en qué hacen cuando tienen y qué deciden cuando dejan de tener.

Bolivia conoce ambos escenarios. Ha vivido épocas de abundancia y períodos de escasez, de expansión y de ajuste. Pero los ciclos económicos no deberían ser medidos únicamente por lo que ocurrió mientras duraron. También deberían ser medidos por lo que dejaron cuando terminaron.

Por eso hay una pregunta que merece hacerse sin buscar culpables, pero tampoco evitando responsabilidades:

¿Cuánto de cada ciclo económico quedó convertido en capacidad para producir, innovar y crecer cuando la bonanza terminó, y cuánto se perdió por no tomar a tiempo las decisiones que exigía cada momento?

Durante el auge de los hidrocarburos, Bolivia recibió una oportunidad extraordinaria. Los altos precios de las materias primas y las exportaciones de gas generaron ingresos fiscales, crecimiento y mejores condiciones sociales. Entre 2006 y 2014, el país tuvo recursos y condiciones externas excepcionales que difícilmente podían considerarse permanentes.

Una bonanza no solamente trae dinero. Trae una responsabilidad histórica.

Mientras entran recursos, muchas decisiones parecen fáciles. Lo difícil es decidir cuánto de esa riqueza debe convertirse en algo que permanezca cuando los ingresos extraordinarios desaparezcan.

Ahí estaba la verdadera decisión: no solamente qué hacer con la abundancia, sino también qué evitar. Confundir ingresos extraordinarios con riqueza permanente. Mantener una economía demasiado dependiente de condiciones excepcionales. Postergar decisiones que solamente podían tomarse cuando existía margen.

Cuando todo marcha bien, es fácil creer que seguirá marchando bien.

Pero los ciclos cambian.

Hoy el escenario es diferente. Bolivia enfrenta restricciones, dificultades fiscales, menor disponibilidad de divisas y una economía que necesita recuperar capacidad de crecimiento. El Gobierno actual tiene que decidir en un contexto mucho más estrecho.

Y aquí conviene ser precisos: el problema no es que el Gobierno decida o no decida. Decide. La cuestión es la calidad, el momento y la dirección de sus decisiones.

En una crisis hay medidas que deben atender la emergencia. Pero también hay decisiones que deben preparar la recuperación. Una medida aislada puede aliviar una presión inmediata y trasladar el problema hacia adelante. Una decisión postergada puede hacer que mañana sea más difícil y más costoso resolverla.

La crisis no solamente obliga a administrar la escasez. Obliga a elegir qué país puede surgir después de ella.

Porque mientras en la bonanza la pregunta es cuánto podemos hacer con los recursos disponibles, en la crisis la pregunta es qué debemos hacer para volver a tener capacidad de producir esos recursos.

En la bonanza se decide qué futuro se prepara. En la crisis se decide cuánto de ese futuro todavía es posible construir.

Pero hay algo que debería unir ambos momentos: la capacidad de aprender.

Un país también acumula conocimiento económico. Aprende de sus aciertos, de sus errores y, sobre todo, de aquellas decisiones que fueron postergadas hasta que resultaron más costosas.

La verdadera memoria económica de una sociedad no consiste en recordar cuánto dinero tuvo o cuánto perdió. Consiste en comprender por qué ocurrió, qué decisiones funcionaron, cuáles fracasaron y qué debe quedar para no repetir el mismo camino.

También es posible desperdiciar una crisis. Ocurre cuando, después de atravesarla, un país vuelve a organizar su economía de la misma manera y no transforma la experiencia en conocimiento, productividad y nuevas posibilidades.

Por eso Bolivia necesita algo más que superar la crisis actual. Necesita aprender de ella.

Aquí aparece una dimensión más profunda del desarrollo: la relación entre desarrollo humano y desarrollo económico.

No existe una economía productiva y sostenible si las personas no tienen capacidades para participar en ella. Una economía moderna necesita conocimiento, educación, salud, formación técnica y profesional, investigación y capacidad de adaptación.

El desarrollo humano no es solamente mejorar las condiciones de vida. Es ampliar las capacidades de las personas para participar en una economía cada vez más compleja.

Una persona que desarrolla nuevas capacidades puede generar mayor valor. Una sociedad que acumula conocimiento puede innovar. Una población con mayores posibilidades de aprender, trabajar y emprender puede responder mejor a los cambios económicos.

Por eso el desarrollo humano no es solamente consecuencia del crecimiento. También es una condición para producir un crecimiento de mejor calidad.

Si el desarrollo económico no mejora las posibilidades de las personas, termina siendo frágil. Y si el desarrollo humano no encuentra una economía capaz de generar oportunidades, muchas capacidades quedan sin posibilidad de desplegarse.

El verdadero desafío, entonces, no es solamente preguntarnos qué recursos tendrá Bolivia en los próximos años. Es preguntarnos qué seremos capaces de hacer con ellos.

El gas puede disminuir. Los precios pueden cambiar. Las tecnologías pueden volver obsoletas ventajas que parecían permanentes. Los mercados pueden abrirse o cerrarse.

Lo que permite responder a esos cambios no es solamente tener recursos, sino haber construido conocimiento y capacidades para adaptarse.

Una generación no debería recibir solamente los recursos que dejó la anterior. Debería recibir también mayores capacidades para crear los recursos de la siguiente.

Esto cambia la manera de mirar las decisiones públicas. No basta con preguntar qué resultado producen hoy. También debemos preguntarnos qué aprendizaje dejan, qué capacidades fortalecen y qué posibilidades abren.

La continuidad tampoco significa conservar todo lo anterior. Significa conservar lo que funciona, corregir lo que falla y aprender de la experiencia.

Bolivia no necesita esperar otra bonanza para volver a tener una oportunidad. Necesita que la próxima etapa encuentre al país con más capacidades que la anterior.

La pregunta es inevitable:

¿Qué recibió Bolivia de cada bonanza y qué estamos dejando nosotros para la próxima generación?

Los ciclos económicos terminan. Lo aprendido puede permanecer. Cuando se convierte en conocimiento, capacidades humanas y productividad, el siguiente ciclo encuentra al país en otro lugar.

Un país no avanza cuando simplemente supera un ciclo. Avanza cuando aprende de él y comienza el siguiente con mayores capacidades.

Ese es el desafío de Bolivia: no volver a empezar cada vez que cambia el ciclo, sino construir sobre lo aprendido.

Un país produce su futuro cuando convierte lo que vivió —la abundancia y la escasez, los aciertos y los errores— en capacidades que permanecen.

 

El autor es analista político y económico. Ex Rector de la UMSA.

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