En “Nobody Knows Anything”, episodio de Los Soprano, Tony sospecha que uno de los suyos es informante del FBI. Encarga a Paulie comprobar si lleva un micrófono. Este conduce a Pussy a un baño de vapor y espera que se desnude; Pussy se niega: dice que el médico le prohibió el calor. El cuerpo debía probar lo que la palabra ya no podía garantizar: que no había micrófonos ni traición.
La referencia viene al caso por una versión que sacude al Gobierno. Según el vicepresidente Edmand Lara, un abogado del Ministerio de la Presidencia le habría comunicado que, si dejaba de denunciar y atacar a Rodrigo Paz, la Vicepresidencia recuperaría presupuesto y estructura. El encuentro, siempre según Lara, debía realizarse en un sauna, sin cámaras ni celulares. El vocero presidencial negó taxativamente que Paz buscara esa reunión.
No sabemos cuál de las dos versiones es verdadera. Por ello, la escena resulta tan grave. Si el relato de Lara fuera cierto, no estaríamos ante una simple invitación al diálogo, sino ante un supuesto intento de cooptación: intercambiar silencio político por recursos institucionales. Si fuera falso, el vicepresidente habría formulado contra el presidente una acusación seria. En ambos casos, las principales autoridades del Estado ya no se miran como socios de gobierno, sino como potenciales traidores.
Quien teme al delator sospecha que una conversación puede convertirse en denuncia, grabación o arma política. Y quien se siente objeto de una tentativa de cooptación supone que cualquier acercamiento puede ser una trampa, un chantaje o una forma de neutralizarlo. La confianza desaparece en ambas direcciones. No se desnudan porque confían. Necesitarían desnudarse porque no confían.
El problema rebasa lo personal. El Gobierno necesita respaldo legislativo para aprobar un paquete de alrededor de doce reformas y carece de mayoría propia. Las fuerzas dispersas requieren un articulador. Lara podría cumplir esa función; sin embargo, quien debería tender puentes está enfrentado con el presidente. La desconfianza entre ambos se reproduce entre las partes gobernantes: cada acuerdo se vuelve transacción, cada apoyo exige una garantía y cada voto adquiere precio territorial.
Los 1.900 millones de dólares del acuerdo técnico con el FMI pueden aliviar la escasez de divisas, recomponer reservas y comprar tiempo. El dinero palía los síntomas; no cura la enfermedad. No sustituye un modelo de desarrollo, no ordena prioridades productivas ni crea una visión de país. Los dólares pueden sostener el presente durante un tramo, pero nada dicen acerca del futuro.
Preocupa que las reformas aparezcan fragmentadas por temas, proyectos y territorios. Se negocia una ley con una bancada, una obra con una región y una concesión con otra fuerza. El país deja de ser una totalidad política y se convierte en una suma de parcelas administradas por señores feudales que custodian sus votos. Puede alcanzarse una mayoría circunstancial, pero difícilmente una dirección nacional.
En una democracia, nadie debería necesitar desnudarse para conversar. Existen instituciones, procedimientos, compromisos públicos y responsabilidades. Cuando éstos ya no bastan, la confianza institucional es reemplazada por la inspección corporal, la conversación pública por el secreto y el acuerdo político por una garantía recíproca de no traición.
La transparencia de un gobierno debe estar en sus actos, no en la desnudez de los cuerpos de quienes lo integran.
El expresidente de la Asociación de Periodistas de La Paz, docente universitario, analista político.
