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Pronunciamiento paceño con gustito a llajua

Ernesto Julián Bedregal Patiño

En la intimidad de mis quehaceres, bajo el influjo de una frustración que solo conocen quienes se dedican a mi oficio, me vi ante una riada de cuestionamientos: ¿cómo logras escribir al margen de la realidad?, ¿por qué nada dices de la situación actual?, ¿por qué escribes como si fueras de otra parte?, ¿dónde estuviste todo este tiempo?
¿Dónde estuve todo este tiempo? Una pregunta oportuna y acaso la única cuya respuesta es capaz de resolver las demás. Un interrogante crucial que avivó el fuego que el diablo me había otorgado. Y no —antes de que saquen conclusiones apresuradas— jamás hice un pacto con el adversario; es simplemente una analogía con la diablada boliviana.
Mis días se sumaron a la rutina común, entre interminables filas de automóviles y gente desamparada, ante palabrerías engañosas de políticos influencers y crisis desatadas. Comparto su suerte, salvo la forma en que la sobrellevo. Habito la noche en estado de trance a la manera de Sáenz, o me elevo con los rayos del sol persiguiendo el rigor arquitectónico de Tamayo.
De un modo u otro, existe una simbiosis entre la ciudad y mi ser. Por eso, al encarar esa duda, confieso que estuve coronando la cima del Illimani, para descender después en forma de cóndor, convertirme en chayñita y asomarme a la ventana de mi idilio. Fui la escarcha del alba, el soplo álgido de las alturas; fui la esencia del helado de canela, el caldo de la salteña.
Recorrí los rincones donde alguna vez se gestaron hazañas, sostuve la tea encendida desafiando los límites, ignoré el susurro de los mezquinos, caminé sobre las alturas sin despegar los pies del suelo, y en cada trazo desperté la vocación de los eternos. Fui la llajua que sazonó el plato de las masas, el sucumbé que embriagó a las multitudes.
Estuve simbolizando con el silencio en la esquina de la México y la Cañada Strongest, ocupando mi espacio en el tejido del tiempo. Guardián de mi destino cronológico, escudriñé los ecos líricos de mis predecesores, como quien contempla, por primera vez, la magnificencia de aquel Monarca de los Andes que irradia su luz en la avenida injustamente nombrada Camacho.
Fui el impulso del artesano, la devoción sincera del pasante; fui la cuancha y el tambor de la saya, el chicote y el cascabeleo de las botas del caporal. Al compás de los morenos, embriagado de júbilo, fui la figura central de una entrada que encarna la fuerza motriz del ser humano. Sumergido en el rastro existencial de Felipe Delgado, adopté la piel del mítico personaje.
Entre la luz y la sombra, en el umbral de la virtud y el pecado, soy un habitante más de la hoyada, un discorde en concordia que estuvo y está entregado a su paceñidad, sin que ello implique desprenderme de mis otras raíces. La Paz es un crisol de mundos, un laberinto de monolitos y paisajes ancestrales, donde el misticismo heredado atesora los enigmas de las almas que persiguen un sentido.

El autor es Comunicador, poeta, artista.

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