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Chapare: la protesta que terminó confesando su verdadero objetivo

Raúl Palza Zeballos

La tregua alcanzada en el Chapare y el levantamiento de los bloqueos han sido recibidos con alivio por una población agotada tras cerca de dos meses de confrontación, desabastecimiento, pérdidas económicas y creciente incertidumbre. Sin embargo, más allá de la normalización gradual de las carreteras, el conflicto dejó al descubierto una realidad política que muchos intentaron ocultar: la protesta terminó confesando su verdadero objetivo.

Desde un principio, las movilizaciones fueron justificadas como una respuesta a la crisis económica, al incremento del costo de vida, a la escasez de combustibles y a supuestas medidas gubernamentales orientadas a la privatización de los recursos estratégicos del Estado. Bajo ese discurso, la protesta aparecía revestida de legitimidad social y de una aparente defensa de los intereses nacionales.

Pero conforme avanzaron los acontecimientos, las contradicciones comenzaron a hacerse evidentes. Si el objetivo central era resolver los problemas económicos que afectan a la población, ¿cómo explicar que la principal exigencia terminara siendo la renuncia del presidente Rodrigo Paz Pereira en un plazo de noventa días?

La pregunta es inevitable porque desnuda una contradicción fundamental. El conflicto dejó de girar alrededor del combustible, los precios o los recursos naturales para convertirse en una disputa abierta por el poder político. Lo que comenzó como una movilización presentada en nombre de las necesidades populares terminó transformándose en una plataforma para reposicionar liderazgos y acelerar una recomposición del escenario político nacional.

La realidad terminó desmintiendo el relato. Cuando una protesta cambia de bandera en medio del camino, son sus propios dirigentes quienes terminan revelando sus verdaderas intenciones.

En este contexto, la actuación principalmente de Mario Argollo, máximo dirigente de la COB, arrogándose la representación de todos los sectores sociales del país demostró una vil impostura, prueba de ello se produjo al alejamiento de varios sectores movilizados, inclusive mineros y en particular el katarismo liderado por Vicente Salazar, quien lo calificó de traidor.

La firma de acuerdos y la aceptación de una tregua fueron interpretadas por amplios sectores movilizados como una renuncia a los objetivos inicialmente proclamados. Para algunos constituyó una salida responsable; para otros, una capitulación política. Lo cierto es que la decisión expuso profundas diferencias internas y demostró que detrás de la aparente unidad coexistían intereses y estrategias divergentes.

Mientras tanto, el Gobierno optó por una ruta distinta a la que reclamaban los sectores más radicales. Durante semanas se escucharon voces exigiendo la inmediata aplicación de un estado de excepción, la militarización de las carreteras y el uso de medidas coercitivas para levantar los bloqueos.

Sin embargo, el Ejecutivo eligió sostener una estrategia basada en convocatorias permanentes al diálogo, intentos de mediación y una calculada política de desgaste de los bloqueadores.

La decisión fue duramente criticada. Muchos la interpretaron como debilidad. Otros la calificaron como falta de autoridad, pero los hechos terminaron demostrando que una intervención prematura mediante un estado de excepción podía haber agravado significativamente el conflicto.

Bolivia tiene una larga historia de confrontaciones sociales. En escenarios altamente polarizados, la represión suele convertirse en combustible para nuevas movilizaciones. Un estado de excepción aplicado en las primeras semanas habría multiplicado las tensiones, fortalecido los discursos victimistas y generado consecuencias políticas y sociales imprevisibles.

La estrategia gubernamental apostó al tiempo y el tiempo terminó haciendo su trabajo.

El desgaste económico, logístico y organizativo comenzó a afectar a quienes sostenían las medidas de presión. Las fisuras internas aparecieron, las diferencias se profundizaron y la capacidad de mantener indefinidamente el conflicto empezó a debilitarse. Finalmente, la tregua se impuso no por la victoria absoluta de una de las partes, sino por el agotamiento de todos los actores involucrados.

Pero sería un grave error interpretar este desenlace como la solución de los problemas nacionales.

La crisis económica continúa presente, la escasez de divisas persiste, la producción enfrenta dificultades. El empleo se deteriora, el costo de vida sigue golpeando a miles de familias bolivianas, es precisamente aquí donde aparece un aspecto que rara vez forma parte del debate político.

El gobierno de Rodrigo Paz Pereira enfrenta la compleja tarea de administrar la transición entre un modelo económico predominantemente estatista, construido durante los años de abundancia derivados de los elevados ingresos por hidrocarburos, y un esquema de orientación más pragmática, impuesto por una realidad completamente distinta.

Durante años, el país vivió bajo la premisa de que el Estado podía sostener crecientes niveles de gasto, subsidios y expansión económica gracias a recursos extraordinarios. Hoy esa realidad ha cambiado. Los ingresos ya no son los mismos, las reservas no son las mismas y las condiciones internacionales tampoco son las mismas.

Pretender mantener intacto un modelo diseñado para una época de abundancia, cuando las condiciones estructurales han cambiado, constituye una fórmula segura para profundizar la crisis.

Sin embargo, resulta paradójico que quienes gobernaron durante gran parte de ese ciclo ahora intenten atribuir exclusivamente al actual Gobierno las consecuencias de problemas acumulados durante años. Más contradictorio aún resulta invocar la defensa del modelo económico anterior mientras simultáneamente se impulsa una estrategia orientada a precipitar una crisis política.

El verdadero debate nacional no debería centrarse en quién ocupa temporalmente el Palacio de Gobierno. La discusión de fondo debería responder a una pregunta mucho más importante: ¿qué modelo económico permitirá a Bolivia enfrentar con éxito los desafíos de las próximas décadas?

Y esa respuesta no puede surgir de bloqueos, amenazas, ultimatums ni cálculos electorales.

La magnitud de la crisis exige algo mucho más difícil y mucho más valiente: un amplio consenso y una verdadera concertación nacional.

Empresarios, trabajadores, productores, universidades, organizaciones sociales, gobiernos subnacionales, sectores académicos y fuerzas políticas deben comprender que el futuro del país no puede seguir subordinado a la lógica de la confrontación permanente.

Las transformaciones históricas no se construyen mediante la imposición de una facción sobre otra. Se construyen mediante acuerdos nacionales capaces de trascender intereses coyunturales y visiones partidarias.

Bolivia necesita definir políticas de Estado en materia de producción, energía, empleo, seguridad alimentaria, institucionalidad y desarrollo. Necesita recuperar la confianza ciudadana. Necesita estabilidad. Necesita previsibilidad.

Sobre todo, necesita dirigentes capaces de pensar más allá de la próxima elección.

La tregua en el Chapare ha permitido despejar las carreteras, la gran pregunta es hasta cuándo, las contradicciones permanecen intactas, porque cuando una movilización nace denunciando medidas económicas, escasez de combustibles y supuestas privatizaciones, pero termina exigiendo la renuncia de un presidente, es la propia movilización la que termina confesando su verdadero objetivo.

Mientras algunos continúan obsesionados con recuperar el poder perdido, Bolivia enfrenta un desafío mucho más trascendental: evitar quedar atrapada entre un modelo que muestra signos evidentes de agotamiento y un nuevo horizonte que todavía no termina de construirse.

Las carreteras se abrieron, pero el debate de fondo sigue bloqueado y ese bloqueo, mucho más que cualquier barricada, es el que amenaza al futuro del país.

 

El autor es diplomático de carrera y politólogo.

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