En los últimos años, el concepto de “lo políticamente correcto” ha dejado de ser una simple norma de convivencia para convertirse en un marco ideológico que condiciona el pensamiento, el lenguaje y, en muchos casos, la percepción misma de la realidad. Lo que en principio buscaba evitar ofensas y promover el respeto, hoy parece haber mutado hacia una imposición cultural que penaliza el disenso.
Cuando una sociedad comienza a confundir la tolerancia con la aceptación acrítica de cualquier idea, se abre una peligrosa grieta en su estructura racional. No todo lo que se presenta como derecho es, por definición, legítimo ni moralmente defendible. Sin embargo, el clima cultural actual parece exigir la validación automática de cualquier postura, por más cuestionable que sea.
En este contexto, surge una tendencia que algunos interpretan como una forma de degradación del concepto de lo humano. Se promueve la idea de que la identidad es completamente moldeable, desligada de la naturaleza y de cualquier fundamento objetivo. Este relativismo radical no sólo cuestiona las categorías tradicionales, sino que diluye los límites que históricamente han protegido la dignidad humana.
La crítica a estas corrientes suele ser rápidamente etiquetada como intolerancia o “fobia”, lo cual inhibe el debate. El problema no radica en la diversidad de ideas, sino en la imposibilidad de cuestionarlas, sin ser socialmente sancionado. Cuando el pensamiento crítico es sustituido por consignas, la sociedad deja de razonar y comienza a repetir.
Algunas expresiones contemporáneas, como la moda de los “therians” no solamente conlleva la idiotizacion del pensamiento, también deja la puerta abierta, tal y como lo señalan sus principales defensores, a la zoofilia y al bestialismo, pero eso no lo publicitan ni viralizan, puesto que lo políticamente correcto no puede ir de la mano de aberraciones y filias innombrables. Estos movimientos identitarios extremos, reflejan una desconexión con la realidad alarmante. La autopercepción, elevada a criterio absoluto, termina por reemplazar cualquier referencia objetiva sobre lo que significa ser persona. Esto no sólo genera confusión, sino que erosiona el sentido común.
Más preocupante aún es la normalización de discursos que relativizan conductas que históricamente han sido consideradas inaceptables. Bajo el argumento de la libertad individual, se intenta reconfigurar límites éticos fundamentales; la naturalización de todo lo que degrade a la especie humana es tratada como progreso y mente abierta, todo lo “trans” es visto como un derecho y todas las “filias” como un simple gusto inocente.
Esta dinámica genera una especie de anestesia moral. La repetición constante de ciertos discursos termina por normalizar lo que, en otro contexto, sería objeto de rechazo, es en este sentido que la sociedad, poco a poco, va perdiendo su capacidad de discernimiento y se adapta a nuevas narrativas sin cuestionarlas. En paralelo, se observa un creciente desprecio por la dimensión racional del ser humano. La emoción y la subjetividad se colocan por encima de la razón, como si ésta última fuera un obstáculo para la autenticidad, sin embargo, es precisamente la racionalidad lo que ha permitido el desarrollo de la civilización.
Reducir al ser humano a una mera construcción cultural o a un ente biológico sin trascendencia implica desconocer su complejidad. La tradición filosófica y teológica ha sostenido durante siglos que el ser humano posee una dignidad intrínseca que lo distingue del resto de la creación.
En este sentido, pensadores como el Cardenal, Joseph Ratzinger (Papa Benedicto XVI), advirtieron sobre las consecuencias de una sociedad que se aleja de sus fundamentos trascendentes, ya que, cuando se pierde la referencia de Dios, todo se vuelve relativo, incluida la propia dignidad humana, deshumanizando al hombre para volverlo un simple animal más.
El problema no es únicamente teórico. Las ideas tienen consecuencias concretas en la vida social, pues cuando se diluyen los límites, se generan zonas grises donde cualquier comportamiento puede ser justificado y esto no sólo afecta a individuos, sino al tejido mismo de la convivencia. Además, la presión social por adherirse a lo políticamente correcto genera una forma de autocensura, donde muchas personas prefieren callar antes que enfrentar el rechazo o la estigmatización. Este silencio impuesto debilita el debate público y empobrece la discusión intelectual.
La verdadera tolerancia no consiste en aceptar todo sin cuestionar, sino en permitir el diálogo abierto entre posturas distintas, sin embargo, cuando una ideología se presenta como incuestionable, deja de ser una propuesta y se convierte en una imposición. Es necesario recuperar el valor del pensamiento crítico y del sentido común. El progreso auténtico no puede construirse sobre la negación de lo humano.
Revalorizar la dignidad humana implica reconocer sus límites y su naturaleza. No todo es negociable, y no toda reivindicación puede ser elevada a derecho sin un análisis profundo de sus implicaciones. La libertad, para ser auténtica, debe estar vinculada a la verdad.
Aún estamos a tiempo de replantear el rumbo. La historia no está escrita de manera definitiva, y cada generación tiene la responsabilidad de discernir entre lo que construye y lo que destruye. La defensa de lo humano no es una postura retrógrada, sino una necesidad urgente.
El autor es teólogo, escritor y educador.
