Por: M.A. Arq. Cecilia Vania Burgoa Diaz
Cuando una persona o una familia se muda a una vivienda, o empieza a habitar un espacio recién construido, lo primero que suele hacer es amoblarlo para responder a sus actividades cotidianas. Sin embargo, habitar no consiste solamente en llenar un lugar con muebles. También implica decorarlo, transformarlo y darle un sentido propio.
En Bolivia no es tan común contratar a un decorador de interiores para definir la imagen de una casa. En la mayoría de los casos, son quienes viven en ella los que asumen esa tarea a partir de sus gustos, costumbres, recuerdos y aspiraciones. Por eso resulta tan interesante observar cómo se configuran los hogares en nuestro contexto. Aunque cada familia es distinta, existen ciertos elementos que aparecen con frecuencia y que dotan a muchas viviendas de una identidad muy particular.
Entre ellos están las vitrinas que guardan vajillas reservadas para ocasiones especiales, los títulos profesionales enmarcados que expresan esfuerzo y logro académico, las fotografías de familiares vivos y fallecidos, los almanaques, las imágenes religiosas y otros objetos cargados de significado. Todos estos elementos dejan de ser simples adornos y se convierten en señales de memoria, fe, orgullo familiar, aspiración y pertenencia. En otras palabras, la decoración no sólo embellece el espacio: también cuenta quiénes somos.
A partir de ello surge una pregunta interesante: ¿qué ocurre cuando una persona desea decorar su casa siguiendo una tendencia, un estilo o una moda? ¿Eso significa que el hogar pierde identidad? No necesariamente. El problema no está en inspirarse en un estilo, sino en copiarlo de forma rígida, como si la casa fuera una vitrina sin vida. Un espacio con identidad no es aquel que rechaza toda referencia externa, sino aquel que logra incorporar tendencias sin borrar la historia de quienes lo habitan.
Decorar sin manual, pero con identidad, supone elegir objetos, colores, texturas y recuerdos que tengan conexión con la propia vida. Una casa se vuelve auténtica cuando refleja experiencias, afectos y maneras de vivir, y no sólo una búsqueda estética. Por eso, en términos de bienestar, habitar un espacio que acompaña nuestra forma de ser puede generar una sensación más profunda de calma, cercanía y arraigo.
Pero además de expresar identidad, los objetos con significado personal también pueden influir en el bienestar mental y físico de quienes habitan el hogar. Las fotografías familiares, los recuerdos de momentos importantes, los títulos, las imágenes religiosas o incluso ciertos objetos heredados no sólo decoran: también generan una sensación de continuidad, seguridad y arraigo. Rodearse de elementos que evocan afecto, memoria y propósito puede ayudar a que la persona se sienta más contenida emocionalmente, menos sola y más vinculada con su historia. Esa sensación de pertenencia, aunque parezca sutil, contribuye a reducir la tensión cotidiana y a hacer del hogar un lugar de calma y refugio. Cuando la decoración representa quiénes somos, el espacio no sólo se vuelve más personal, sino también más reconfortante para la mente y más favorable para el descanso.
En ese sentido, decorar no debería entenderse como un lujo superficial, sino como una forma de construir bienestar. La casa no sólo debe verse bien: también debe hacernos sentir bien, permitirnos movernos con libertad y recordarnos, cada día, que pertenecemos a ese lugar.
