Sed de compañía: Necesitamos darnos y sentirnos, hallarnos y reencontrarnos mar adentro, pues estamos sedientos de celestes horizontes y de sus auténticos pulsos. Satisfecha la penitente ansia, tanto de bondad como de verdad, compartiremos la satisfacción. Nuestro Redentor no se desespera y nos espera, en este tiempo de hondo arrepentimiento cuaresmal. Guardemos silencio y aguardemos su voz con la escucha; pues el que atiende a la llamada, al final todo lo entiende.
I.- Hoy es el mañana; por el que ayer te agitabas
La vida es un ir y un volver a ser, un inmenso mar de tribulaciones, un charco de mil preocupaciones, o una cíclica balsa de turbaciones, que brotan de las faltas humanas. Lo valioso es no rumiar lágrimas, masticar los sollozos con alegría y digerir los hechos con entereza; porque asistir no es sólo coexistir, es también recogerse y organizar. Sin soplo armónico todo agoniza; y esto se carga, realzando la cruz; que es la que nos une y nos reúne, como Hijos de Dios que obramos, con el deseo de amar y querernos.
II.- No hay mejor agitación; que el deseo de cambiar
Precisamos del sustento de Jesús, para reencontrarnos y animarnos, para borrar el peso de los pesares, y entrar en la mística del regocijo, con el sano motivo de la revisión. Todos nos inquietamos sedientos, pues la senda del mundo es cruel. Nos falta paz y nos sobran males, codiciamos tomar y nada ofrecer, queremos renacer y no ayudamos. El botijo de la felicidad está seco, nadie conoce ni reconoce a nadie, hasta uno mismo se vacía el alma, y se envicia el cuerpo de placeres, que nos arruinan y nos demuelen.
III.- Pues sólo los convencidos; son los que pueden convencer
Nuestros semejantes nos influyen, sus vocabularios nos impresionan, y los tratados nos meten en razón, pero sólo los hechos nos cautivan, cuando están saciados de ternura. Únicamente los llenos de caridad, pueden llenar a otros en la pasión, como efusión de su espíritu claro, que es como se mueven montañas, y se remueven conciencias justas. Ya que el deber de la vida es vivir, ser uno mismo en aliento donante, como si cada alba fuese el último; una señal pura de una fe auténtica, que nos trasciende y enciende luz.
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