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Hipocresía social frente a decisiones de una mujer

Lavive Yáñez Simon

El escándalo no es su decisión, es nuestra hipocresía.

Cada cierto tiempo la sociedad se escandaliza por declaraciones que, en realidad, deberían invitarnos a reflexionar más sobre nosotros mismos que sobre quien las pronuncia.
Eso ha ocurrido con las palabras de Durby Andrea Blanco Bravo, quien expresó públicamente que decidió no ser madre porque quería cumplir sus sueños. No es la primera mujer que toma una decisión de ese tipo, ni será la última. Sin embargo, el debate que se ha desatado parece más una tormenta moral que una reflexión sincera sobre la libertad individual y los valores de nuestra sociedad.
Pero conviene preguntarse con serenidad: ¿dónde radica realmente el escándalo?
No estamos frente a un delito ni frente a una conducta que dañe a terceros. Estamos frente a una decisión personal, íntima, que pertenece exclusivamente al ámbito de la libertad de cada mujer.
El problema no está en su decisión.
El problema está en la reacción de una sociedad que se indigna selectivamente.
Vivimos en una época donde los intereses han sobrepasado con frecuencia a los valores. En esa misma sociedad que hoy se desgarra las vestiduras por las palabras de una mujer, conviven prácticas mucho más graves que rara vez generan el mismo nivel de indignación.
Corrupción, violencia, irresponsabilidad social, abandono familiar, manipulación política… todo eso parece tolerarse con sorprendente facilidad. Pero basta que una mujer exprese una decisión sobre su propia vida para que aparezcan los jueces morales.
Y curiosamente, la mujer sigue siendo el blanco más fácil del juicio social.
A lo largo de la historia, las mujeres han sido juzgadas con una severidad que rara vez se aplica a los hombres. Un comentario, una decisión personal, incluso un error humano, suele ser suficiente para activar un tribunal público que dicta sentencia sin conocer la realidad de quien está siendo juzgada.
Esa doble moral revela una contradicción profunda.
Porque una sociedad que moldea sus principios según sus intereses no puede pretender erigirse como autoridad moral para juzgar las decisiones de otros. Mucho menos puede pretender formar nuevas generaciones sólidas cuando los valores se aplican de manera selectiva.
Los jóvenes observan.
Aprenden de lo que ven, no de lo que escuchan.
Si crecen en una sociedad donde el oportunismo, el poder y el interés terminan imponiéndose sobre la coherencia moral, no debería sorprendernos que muchos de ellos pierdan el sentido claro del bien y del mal.
Por eso el verdadero debate no debería centrarse en la decisión personal de una mujer. El verdadero debate debería ser qué tipo de sociedad estamos construyendo.
Una sociedad fuerte y próspera no se construye sobre la hipocresía ni sobre el juicio permanente hacia la vida privada de los demás. Se construye sobre principios básicos: respeto a la libertad individual, coherencia moral entre lo que se predica y lo que se practica, responsabilidad personal frente a las decisiones que tomamos y ejemplo público de quienes influyen en la vida social.
Las sociedades maduras no necesitan escandalizarse por cada decisión personal. Necesitan fortalecer sus instituciones, su ética pública y su sentido de responsabilidad colectiva.
Cuando una sociedad dedica más energía a juzgar la vida privada de una mujer que a corregir sus propias injusticias, el problema no está en la mujer.
El problema está en la sociedad.
Una sociedad madura no se mide por la severidad con la que juzga a una mujer, sino por la coherencia con la que vive sus propios valores.

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