La sentencia del 1 de octubre de 2018 de la CIJ fue clara y, para muchos efectos, le puso un candado al asunto de la “obligación de Chile de negociar una salida soberana al océano Pacífico”. Si bien el texto incluyó una modesta exhortación al diálogo entre ambas naciones para abordar los temas de “enclaustramiento”, la Corte fue tajante al determinar que Chile no tiene la obligación jurídica de sentarse con Bolivia para discutir una salida soberana al mar. Y seguir insistiendo en la misma estrategia judicial o retórica es, a estas alturas, arar en el mar. Bolivia necesita una política exterior que lea el presente y no solo el pasado.
Durante décadas, la política exterior de Bolivia ha gravitado casi exclusivamente en torno a una herida abierta: la reivindicación marítima. Sin embargo, el escenario internacional y los recientes fallos jurídicos demandan un cambio de timón urgente. La realidad es inapelable y, tras el fallo de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) de 2018, ha llegado el momento de que el país asuma una postura de pragmatismo puro, dejando atrás la nostalgia diplomática que tanto importa en el espíritu de los bolivianos (sobre todo de los occidentales), para enfocarse en lo que verdaderamente impulsa el desarrollo: la cooperación bilateral plena.
El restablecimiento de relaciones diplomáticas plenas con Chile —rotas desde 1978— no debería ser visto como una renuncia perpetua, sino como una herramienta de oportunidades económicas a largo plazo. En los últimos meses, se han dado pasos significativos y el actual ministro de Relaciones Exteriores boliviano anunció un necesario enfoque pragmático. El pragmatismo dicta que Bolivia debe priorizar la mejora de las condiciones de tránsito en los puertos chilenos, donde las importaciones bolivianas por Arica crecieron un 22.7% en 2025, y buscar alianzas estratégicas en temas como el litio y la energía. Además, se debe trabajar en temas de seguridad y lucha contra el contrabando.
En este nuevo esquema, el asunto del mar debe ocupar, por fin, el último lugar de la agenda. No porque no sea importante, sino porque su resolución no depende hoy de la voluntad unilateral boliviana ni de tribunales internacionales, sino de una confianza mutua que solo se construye mediante años de cooperación técnica y comercial exitosa. Poner el tema del Litoral por delante de todo ha sido, históricamente, el error de las últimas décadas, pues alimentó un nacionalismo victimista que fue de ningún provecho.
Bolivia en el presente se encuentra en una encrucijada económica que exige soluciones reales y rápidas, no discursos nacionalistas para la complacencia interna. El Gobierno debe profundizar este acercamiento con la administración chilena, aprovechando la voluntad de diálogo expresada por ambas cancillerías para retomar la agenda de puntos compartidos. Solo a través de un pragmatismo sin complejos podremos transformar nuestra geografía en una oportunidad de integración, en lugar de una condena al aislamiento. Es hora de mirar a Chile no como un enemigo histórico, sino como un socio estratégico para el Siglo XXI.
Bolivia y Chile: pragmatismo, no ideología
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