Bolivia se enfrenta finalmente al espejo de sus propios errores macroeconómicos. La ya anunciada e ineludible subida del precio de la gasolina marca el colapso definitivo del esquema de subsidios estatales.
En el plano inmediato, la medida tendrá efectos negativos devastadores en la estructura de costos del país, gatillando una ola inflacionaria brutal sobre los productos de la canasta familiar. El encarecimiento del transporte se trasladará de forma matemática a los mercados, golpeando con severidad los bolsillos de las clases populares y de los productores que ya operan al límite de la subsistencia. Es muy posible que todo suba de precio, provocando el empobrecimiento de muchas familias que o ya son pobres o que salieron de la pobreza en los años de la bonanza que vivió Bolivia y malgastó el Movimiento al Socialismo, liderado por Evo Morales y Luis Arce.
Pese al duro impacto social, la nivelación de precios encierra un efecto positivo indispensable: frenar el desangramiento por contrabando. Mantener combustibles artificialmente baratos convirtió las fronteras bolivianas en un colador donde los carburantes subvencionados por todos los ciudadanos terminaban enriqueciendo a mafias internacionales y a países vecinos. Eliminar esa brecha distorsiva es el primer paso técnico sugerido por organismos como el FMI para sincerar la economía, reducir el asfixiante gasto público y evitar que el Estado siga financiando un mercado negro que sabotea el propio abastecimiento interno.
Esta dolorosa transición no es un accidente geográfico; es la resaca inevitable de la fiesta de la bonanza malgastada y robada por los gobiernos populistas. Durante más de una década de ingresos extraordinarios por la venta de gas, el oficialismo prefirió alimentar el clientelismo, financiar elefantes blancos y permitir una galopante corrupción institucional en lugar de invertir en exploración hidrocarburífera.
Hoy, con las arcas estatales vacías, los dólares ausentes y los pozos secos, la ciudadanía se ve obligada a pagar los platos rotos del despilfarro. El aumento de la gasolina es el precio de la cruda realidad económica tras años de vivir bajo el engaño de una bonanza ficticia. En algún momento, todo país que desea salir del espejismo de la riqueza o la mentira de la prosperidad necesita pisar tierra y terminar la fiesta, ver la fea realidad y comenzar a trabajar y ahorrar. En palabras simples, es lo que debe hacer ahora Bolivia. Empero, el gobierno de Rodrigo Paz ha dado pocas muestras de dar un golpe de timón y llevar la nave del Estado por otros rumbos; no se debe olvidar que las medidas como la eliminación de la subvención o los programas financieros deben ir acompañados por medidas de austeridad y reducción del déficit fiscal.
Si quiere salir de la crisis, es mejor sufrir por unos meses los cambios drásticos pero necesarios y responsables, antes que seguir poniendo parches a aquellas grietas que, de no subsanarse con decisión, terminarán reventando la represa de la mermada economía nacional.
Precio de la gasolina y fin de la ilusión populista
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