Siempre escuche hablar de países del primer mundo y de los del tercer mundo, éstos últimos también llamados países subdesarrollados o en desarrollo, siendo el propósito mejorar, crecer, despegar económicamente, conseguir mejores condiciones de vida, mayor empleo, mayor educación, etc.
Por circunstancias de la vida, pude cruzar el océano Atlántico hasta llegar a España, la madre patria, tierra de aquellos que nos enseñaron (imposición o no, les toca a otros cuestionarlo) una cultura, que trajo consigo idioma, alimentos, bailes que, de una forma u otra algunos quedaron, contrarrestados por el dominio de la cultura maya.
¿Qué sucedió al “desembarcar”? De principio, vi derroche de infraestructura, un aeropuerto con 4 pisos; escaleras eléctricas. ¿Y las maletas? Buscaba el canal por el cual salen las mismas, pero no, requería trasladarse en un tren subterráneo hasta otra terminal donde estaba el equipaje.
Después de cerrar la mandíbula, por lo novedoso, fuimos a casa de los amigos que nos esperaban; en el transcurso observábamos túneles, puentes, calles de 4 carriles en una dirección. A lo anterior sumábamos en las calles, la presencia de contenedores, donde se indicaba desechar basura, según cada tipo.
¿Qué más? Buses a cualquier hora del día, vacíos, ¡con aire acondicionado! Créalo. Adiciono a ello el conductor o busero que hacía de todo, cobraba, daba el ticket o comprobante, en el caso de pagar el costo del pasaje en monedas, otra opción era el uso de tarjetas magnéticas.
Nadie empujaba ni gritaba ni se colgaba. Sobre los buses vacíos que veíamos, como hipótesis pensábamos que se debían a la existencia de varios metros bajo tierra, unos dos o tres pisos, según la estación o parada y que llevaban cientos de personas, sin embargo, generalmente también circulaban vacíos, excepto en los horarios pico. Por tanto, la hipótesis no pasó a teoría.
¿Ventajas de trasladarse en el metro?, rapidez en cruzar la ciudad, hasta cualquier punto de la misma, pagando en una sola ocasión, siempre que no salieras a la superficie. Pero un elemento que me quedó grabado, al igual que el cuidado del medio ambiente, era que las personas, sin distinción de edad, leían; una cultura de lectura extraordinaria.
¿Cómo promover la puntualidad? ¡Todo estaba fríamente calculado! Buses o el metro que en cada parada o estación, respectivamente, mediante avisos en pantallas digitales indicaban el tiempo que restaba para el siguiente medio de transporte. Personas que apresuraban su paso, porque ya teniendo cronometrado el tiempo para ir al hogar o centro de trabajo, no desperdiciaban ni un minuto, para marcar con el uso de lector de huellas, cumpliendo con su horario.
Siempre en contacto con mis compañeros de trabajo, alguien me preguntó: ¿No será duro el regreso a nuestro país, ante semejantes diferencias? No, le contesté, me hacen falta mis símbolos patrios, mi música, mi cultura, mi gente. Eso sí, insistiré con mis estudiantes sobre la necesidad de fortalecer nuestros valores.
El autor es Licenciado en Ciencias Pedagógicas.
