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La moneda de cartón de Paz

Jhonny Salazar Socpaza

En política, las palabras de un candidato deberían ser su moneda más valiosa. Son la promesa de lo que hará si llega al poder, el reflejo de su integridad. Pero en la carrera presidencial, Rodrigo Paz Pereira, candidato del PDC, ha demostrado que su moneda es de cartón.
Hace poco realizó un viaje a Estados Unidos y contó que se reunió con los “número uno” del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Interamericano de Desarrollo y hasta con el mismísimo Secretario de Estado. Una lista de encuentros que suena más a guion de película que a realidad.
El problema es que, cuando el escrutinio público destapó la falsedad y las críticas comenzaron, en lugar de admitir el error, el candidato decidió cambiar la historia. De “número uno” pasó a “altas autoridades”. No fue un simple desliz: fue una mentira maquillada, un intento de disfrazar lo falso con medias verdades. Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿qué significa esta actitud para los bolivianos que escuchamos sus palabras?
Es, en primer lugar, un insulto a la inteligencia del electorado. Nos trata como si fuéramos ingenuos, como si tragáramos cualquier cosa sin detenernos a verificar. Y eso es grave, porque en un país con una historia de inestabilidad política, la confianza es un bien escaso y valioso. La mentira de un candidato no solo rompe esa confianza, sino que manda un mensaje peligroso: que la verdad es negociable y que la credibilidad no importa.
La política no es un juego de fantasía y los bolivianos no somos espectadores pasivos. Una mentira sobre un viaje, aunque parezca menor, revela un patrón de comportamiento. Porque si un candidato es capaz de falsear algo tan trivial como una reunión, ¿qué hará cuando deba enfrentar decisiones que afectan la vida de millones de personas?
La verdad es simple: si la mentira es la herramienta de un candidato, será también la política de un presidente. Y un presidente que miente sobre sus reuniones internacionales puede mentir sobre la economía, la seguridad y el uso de los recursos públicos. La mentira genera un círculo vicioso de corrupción y desconfianza que termina por devorarlo todo.
Un gobernante que miente no rinde cuentas, siempre tiene excusas, culpa a otros y, en el peor de los casos, usa la falsedad para encubrir delitos. Así, la mentira socava los pilares mismos de la democracia: la transparencia, la honestidad y la rendición de cuentas. Y si un candidato no es capaz de ser sincero antes de ganar, ¿por qué habría de serlo una vez sentado en la Casa Grande del Pueblo?
Este episodio no en detalle menor, es una señal de alerta. Nos recuerda que como ciudadanos debemos estar atentos y críticos frente a quienes aspiran a liderarnos. La honestidad no es un lujo en un político, es la base de cualquier proyecto de país. Y si de verdad queremos un futuro distinto, no podemos construirlo sobre mentiras. La exigencia debe ser clara: verdad, siempre.

El autor es Periodista – Comunicador Social.

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