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Bolivia y Brasil conectados por un puente

Raúl Ruiz Roca

Después de 122 años de espera, el sueño de un puente binacional entre Guayaramerín (Beni-Bolivia) y Guajará-Mirim (Rondõnia-Brasil), se volvió realidad el 8 de agosto de 2025, fecha en la que el presidente del Brasil, en la capital del Estado de Rondõnia, Porto Velho, firmó la orden de servicio para el inicio de obras, marcando un hito histórico en la integración de ambos países. Un proyecto largamente anhelado que no solo conectará dos ciudades fronterizas, sino que también cerrará un capítulo pendiente de la historia diplomática entre Bolivia y Brasil.
El puente, con una extensión de 1,22 Kilómetros de largo y 17,3 metros de ancho, será financiado íntegramente por el Brasil, cumpliendo así con sus compromisos derivados del Tratado de Petrópolis del 17 de noviembre de 1903. Acuerdo que puso fin a la disputa por el Acre, anexado por el Brasil, y estableció compensaciones que incluían, entre otras cosas, la promesa de una conexión física entre ambos países.
Ahora, más de un siglo después, esa promesa se materializa. El proyecto, incluido en el Programa de Aceleración del Crecimiento (PAC) de Brasil, que no ha estado exento de obstáculos, fue suspendido en septiembre del año pasado por el Tribunal de Contas da União (TCU), debido a sospechas de irregularidades. Tras superar estos impases, el Consorcio Mamoré fue confirmado como ganador de la licitación, permitiendo que las obras comiencen finalmente.
Para Bolivia, este puente representa una gran oportunidad, pero también un desafío. El Estado boliviano tiene la responsabilidad de garantizar las obras complementarias en su lado de la frontera. Así como la construcción de la carretera asfaltada San Javier – Guayaramerín en el Departamento del Beni y la adecuación de normativas, logísticas y de servicios para facilitar el comercio binacional que fluirá una vez que el puente esté operativo.
Adicionalmente, las ciudades de Guayaramerín y Guajará-Mirim deben prepararse para los cambios que traerá la construcción. Se estima que cientos de familias, de obreros y profesionales llegarán a la zona durante los cuatro años de construcción que se estima durarán las obras, generando un impacto económico y social significativo en toda la región fronteriza. Este movimiento dinamizará el comercio en la zona, pero también exigirá una planificación adecuada en términos de infraestructura y servicios. Debiendo también ir socialmente preparándose la ciudadanía de la frontera en ambos lados, mínimamente con el aprendizaje de la lengua portuguesa y castellano, con iniciativas de capacitación propias con normativas específicas locales.
Más allá de su función práctica, este puente simboliza la consolidación de una relación basada en la complementariedad y la hermandad entre Bolivia y Brasil. No es solo una estructura de concreto y acero, sino un vínculo que fortalecerá el Corredor Bioceánico Amazónico Norte, facilitando el intercambio comercial y cultural entre dos pueblos que comparten historia y geografía.
La firma de orden de servicio, no es solo un acto administrativo, es un paso hacia el futuro, un futuro en el que la integración regional deja de ser una promesa para convertirse en una realidad tangible. Este puente será, sin duda, un símbolo de progreso y unidad, recordándonos que cuando los países trabajan juntos, los límites se vuelven puntos de encuentro y no de separación.
Ahora, el desafío es aprovechar esta oportunidad para construir no solo un puente sobre el río Mamoré, sino también puentes de cooperación, desarrollo y prosperidad compartida. La historia ya está escrita y hoy comenzamos a vivirla. ¡La unión es la fuerza!

El autor es Abogado.

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