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No faltan dólares, falta confianza

Darío Monasterio Suárez

Las principales propuestas económicas de los candidatos presidenciales opositores —aunque bienintencionadas— parten de una premisa antigua: que la única forma de resolver la crisis de divisas es mediante nueva deuda pública externa. Es decir, volver al FMI, al Banco Mundial, al BID, a la CAF y otros organismos multilaterales como única fuente posible de dólares frescos.
Pero la verdadera pregunta que deberíamos hacernos es: ¿por qué no dejar que sea el propio mercado, a través de las exportaciones, la inversión privada (extranjera principalmente) y la repatriación de capitales, el que restablezca el flujo de divisas hacia Bolivia?
La diferencia no es solo técnica, es filosófica: entre un modelo que insiste en que el Estado debe endeudarse para funcionar, y otro que cree que el capital privado —cuando se le otorgan garantías, libertad y estabilidad— puede dinamizar la economía con mayor eficiencia, sostenibilidad y equidad. Porque cuando hay confianza, el capital fluye.
Hoy Bolivia no sufre una escasez real de dólares, sino una profunda crisis de confianza. ¿Quién va a invertir o repatriar su dinero en un país con controles de cambio, restricciones a la libre exportación, un cepo cambiario de facto y reglas tributarias o regulatorias que cambian por decreto o por presión política coyuntural?
La solución no está en firmar un nuevo acuerdo con el FMI por 4.000 millones de dólares o en sumar otros 6.000 millones de los organismos multilaterales. Está en ofrecer un marco institucional serio, legalmente previsible, que permita que las exportaciones crezcan, que la inversión extranjera vuelva, y que los capitales bolivianos —actualmente escondidos o paralizados— regresen al circuito económico nacional.
Eso requiere medidas valientes: libre competencia de monedas, fin del tipo de cambio fijo artificial, simplificación tributaria, seguridad jurídica efectiva, protección plena a la propiedad privada, respeto a los contratos, y una institucionalidad sólida, profesional y blindada frente a la discrecionalidad y la improvisación.
Si el próximo gobierno logra eso, los dólares volverán sin necesidad de endeudarse más. Las calificadoras de riesgo lo han dicho una y otra vez: la clave no es cuánto te endeudas, sino cuánta gobernanza, estabilidad política y disciplina fiscal demuestras al mundo.
Es hora de cambiar de rumbo. Dejar atrás el estatismo asistencialista que ya no da más, y abrir paso a un modelo basado en la libertad económica, el protagonismo del sector privado, la inversión productiva y la confianza institucional.
La deuda puede ser un parche temporal, pero no una estrategia de desarrollo. Bolivia no necesita más crédito externo. Necesita más credibilidad interna, más liderazgo transformador, y una visión de país que deje de administrar escasez y se anime a construir abundancia.
Porque al final, la confianza —igual que el crédito— no se impone, se construye. Con reglas. Con reformas y con coraje político.

El autor es Economista, Especialista en Gerenciamiento del Desarrollo y Políticas Públicas.

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