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Manfredo Kempff Suárez

Manfredo Kempff Suárez

Un buen amigo argentino, creo que afectado por lo que lee sobre Bolivia, donde vivió en épocas bastante mejores, me ha enviado, en una nota de prensa, las circunstancias de como una nación tan desvalida como Singapur, ha podido convertirse en una de las potencias del sudeste asiático. Es un país independiente desde hace 70 años, nada más. 20 años antes, en 1945, Singapur era una ruina total después de la ocupación japonesa durante la Segunda Guerra Mundial. Así de oscuro era su panorama.

Si nos ponemos a comparar a Singapur de 600 Km2 con Bolivia de 1.089.581, y con la mitad de los habitantes, ya sería como para espantarse. Mucho más si Singapur carece de minerales, petróleo, tierras cultivables y ni siquiera tiene agua potable que importa desde Malasia. Claro, Singapur explota un puerto estratégico, prestando servicios eficientemente, y atiende a sus vecinos gigantes, Indonesia y Malasia. Nosotros, mientras tanto, desperdiciamos nuestra ubicación terrestre, que podría ofrecer un estrecho vínculo entre Brasil, Argentina y el mundo entero y, más bien, somos un incordio. Miramos, bloqueando caminos y maldiciendo nuestra suerte, como progresan, paso a paso, Perú, Chile y Paraguay, que no deberían llevarnos tanta ventaja.

Mientras Singapur llama a grandes empresas multinacionales ofreciéndoles toda clase de garantías, los bolivianos estamos a la pesca de noticias sobre probables inversiones extranjeras en nuestro territorio para oponernos, para decir que nos quieren robar, para denunciar el asalto a nuestros recursos naturales, que, según todos nuestros políticos, deben preservarse, para que, algún día, se vayan al infierno o nos las quiten como siempre.

No es un secreto total la forma en que la pequeña y poderosa Singapur se maneja para dejarnos a millones de años luz a los bolivianos. Todos conocemos el secreto, porque no hay ninguno. Se trata de poder ofrecer mano de obra capacitada, una infraestructura aceptable, energía, telecomunicaciones y lo que tanto nos cuesta en Bolivia, lo que ofrecemos y no cumplimos: reglas del juego claras.

Se impone la meritocracia en ese fantástico país. Esa meritocracia que no dejamos de mencionar en Bolivia, solo para engañar. No hemos entendido qué es la meritocracia. Creemos que es llenar de parientes y amigos el gobierno, que esa es la mejor gente. Que hay que poner en los puestos clave, donde se mueve la plata, a los cumpas. Que los viejos de más de 60 ya están obsoletos y que su misión ya es ver Tiktok y cuidar nietos, mientras que la juventud debe gobernar, porque el joven contribuye con todos los atributos para llegar al éxito. Los viejos son “mañudos” en el occidente y “pícaros” en el oriente. ¿Por qué? Porque con la edad, al parecer, no han aprendido otra cosa que a robar. Mientras que los jóvenes dizque piensan en el futuro de la patria y no saben de asaltar las arcas fiscales. Menudo chiste. Como si se tratara de viejos y de jóvenes para saber quién es confiable.

Aquí falta palo para progresar, para acabar con los “ampliados” y los desplantes tribales. Por lo menos falta palo bien dado. Decir lo que digo es un pecado mortal, es ser un gamonal despiadado. Pero sin palo la democracia no va a funcionar, como no ha funcionado desde hace años. Con palabras complacientes los empleados y menos entiende la turba. Se ríen porque se sienten defendidos por la ley. La ley del soborno o de la amenaza a los juristas.

El complejo contra las dictaduras que abraza al mundo entero ha hecho carne en Bolivia, la más díscola y golpista, de una manera tan sublime y falsa, que produce ganas de llorar. Claro que el parto ha sido esta democracia inservible, pringada de narcotráfico y crimen, sin el menor orden, dormida en el ocio, minada por la corruptela, enteramente fatal. Nuestro sueño imposible es ser correctos, normales. No otra cosa estamos sufriendo hoy, cuando aguardábamos tan esperanzados en aplacar a la atrevida turba narcodemocrática.

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