Nacemos y crecemos observando el esfuerzo ajeno. Es decisión de cada uno si seguirá el ejemplo de cualquier persona que consideremos como una guía. Frases como “trabaja para que seas alguien en la vida”, y “todo esfuerzo tiene su recompensa”, quedan en lo profundo de nuestra mente y corazón, claro está, dependiendo del contexto individual, social o cultural.
Es cierto que la realidad cambia de acuerdo con las perspectivas de cada persona. Es imprudente tratar de comparar el medio ambiente en el que vive una familia campesina y el de una familia citadina. Asimismo, la cantidad de “esfuerzo”, lamentablemente se ve limitada por las oportunidades que se presentan en esos medios.
Con esto, no trato de minimizar el empeño colectivo de los ejemplos que puse. Más bien, quiero dar visibilidad a los límites que estamos dispuestos a sobrepasar en buca de validar esos esfuerzos. Sabemos que obtendremos una recompensa al final de la tormenta que representan los ámbitos académico o laboral, ¿pero es la recompensa que esperamos? ¿Qué estamos dispuestos a hacer para aumentar su valor? ¿Es suficiente o necesitaremos más?
El sacrificio es considerado de valientes y más cuando el entorno de uno mismo exige poner tu vida entera en una balanza que mida ese sacrificio con la remuneración por éste. En la búsqueda de la superación, tendemos a olvidar que no somos máquinas de estudio o trabajo; somos seres humanos que siguen el camino que consideran adecuado para sus objetivos. Cada uno ya hizo una introspección que le permitió reconocer sus necesidades y de acuerdo con ellas se mueven nuestras motivaciones.
Si yo quiero un celular de buena calidad, buscaré los medios para conseguirlo; sea trabajando de sol a sol o ahorrando para comprarlo. Pero este es solo mi pensamiento. A otra persona, un celular le puede parecer poco, así que trabajará para comprar una computadora portátil de última generación. Otros, verán el potencial en el negocio de los aparatos electrónicos y trabajarán para invertir en ello. Y otros, en contra de toda ética y convivencia pacífica, simplemente desviarán sus intenciones hacia el hurto.
Los humanos nacimos para vivir y crecer en comunidad, pero nuestras mentes no están en una colmena que almacene y conecte todos nuestros pensamientos. Por eso el concepto de esfuerzo se difumina con el del sacrificio y se comete el terrible error de romantizar, porque no todos ponemos el mismo esfuerzo en un mismo objetivo. Muchos tomarán el camino más sencillo, pero otros están dispuestos a dar su vida para alcanzar metas diversas, unas más ambiciosas que otras.
Repito, no somos máquinas. Trabajamos para ganar dinero, estudiamos para lograr excelencia, pero estamos “sacrificando” algo mucho más valioso que solo horas de sueño o de ocio. Cuando el esfuerzo deja de ser sano, nuestro cuerpo exige descanso de maneras que implican una factura extensa en el hospital o secuelas mentales difíciles de tratar. El estrés crónico, problemas gastrointestinales y una pérdida de equilibrio entre una vida personal y una vida laboral, son solo unas cuantas de miles de posibles consecuencias.
Trabajar no debería significar renunciar a vivir. El descanso no es pereza, es salud. Si un sistema solo funciona cuando las personas se desgastan, tal vez lo que necesita cambiar no somos nosotros, sino el sistema.
Trabajar hasta caer: la trampa del éxito moderno
Massiel Tancara Huanca
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