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“Las Manos” que unen Beni con Nazca

Raúl Ruiz Roca

Una piedra diminuta, de apenas unos 7×5 cm, que se encuentra expuesta con modesta discreción en el Museo de la Casa de la Cultura de San Borja, en el Departamento del Beni en Bolivia, guarda un secreto monumental. Encontrada por indígenas de la cultura Tsimane de la zona, este fragmento de historia, tallado por hábiles manos, por una cultura amazónica milenaria que estaba asentada en nuestra tierra, en lo que ahora es el Beni, nos lanza una revelación asombrosa. La imagen tallada en la piedra coincide exactamente con uno de los geoglifos más icónicos del planeta, “Las Manos” de Nazca, en el Perú.
Haciendo notar que “Las Manos” de Nazca, Patrimonio de la Humanidad desde 1994, son gigantes impresiones en el árido suelo del desierto de Sechura, al sur del Perú, que mide 52 metros de ancho por 47 de largo. Es parte de un inmenso lienzo de 80 kilómetros, donde la cultura Nazca (200 a.C. – 600 d.C.) y sus predecesores los Paracas (con diseños muchos más antiguos 500 a.C.) plasmaron su cosmovisión hace más de 2.000 años, figuras solo apreciables en plenitud desde el cielo. Un enigma perenne que fascina al mundo.
En la piedra de San Borja, se encuentra tallado en miniatura, pero con una precisión innegable, el mismo diseño de Las Manos de Nazca, la misma configuración de dedos, la misma postura característica. Preguntándome ¿Cómo es esto posible? Esta coincidencia no es casual y me respondo a mí mismo, es un grito silencioso a través de los siglos y la geografía. Permitiéndome plantear una hipótesis revolucionaria: nuestros pueblos amazónicos originarios del Beni, no estaban aislados, existió contacto, intercambio, un flujo de ideas o símbolos que atravesó la implacable barrera de los Andes y la densa Amazonia, conectando la cuenca beniana con la costa desértica peruana.
Los alcances son profundos, destruye el viejo paradigma de que las culturas amazónicas estaban completamente separadas de los grandes desarrollos andinos y costeros. Refleja rutas de intercambio insospechadas, de redes de comunicación ancestrales mucho más extensas y complejas de lo que imaginábamos. Posiblemente fue un objeto de comercio, la representación de un mito compartido, o la prueba de viajeros o chamanes que llevaron símbolos poderosos de un extremo a otro, lo que transformó a la piedra de San Borja en una ventana a ese diálogo perdido.
Esta pequeña piedra es un tesoro de valor incalculable, no solo por su antigüedad, sino por la conexión que evidencia, es un puente material entre dos mundos que creíamos distantes. Exige una investigación rigurosa, datación precisa, estudios comparativos profundos, análisis de posibles rutas. Pero desde ya nos grita una verdad, la historia precolombina de Sudamérica es una tela de araña de conexiones, no un conjunto de culturas aisladas.
La Mano de Nazca, gigante en el desierto peruano, encontró su eco en una mano diminuta en la amazonia beniana. Es hora de escuchar el mensaje que susurra esta piedra, es hora de reescribir los capítulos iniciales de nuestra historia compartida, reconociendo que la grandeza de nuestras culturas efectivamente originarias radicó, también, en su capacidad de transcender fronteras aparentemente infranqueables. San Borja guarda una clave que puede cambiar nuestro entendimiento del pasado sudamericano. ¡Es necesario prestarle la atención que merece!

El autor es Abogado y Director del Centro de Investigación CINDEPRO.

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