Hay situaciones de vida que pocas veces analizamos o no las vemos con el detenimiento debido. Este es el caso de reconocer y agradecer lo bueno recibido; generalmente se toma en cuenta lo ingrato y el mal sufrido, por no saber comprender a nuestros semejantes y mucho menos por no practicar la virtud del perdón.
En algunos días habremos superado otro año de vida y si apelamos a nuestra conciencia, podríamos rememorar lo bien hecho, lo cumplido con amor y dignidad y, a la vez, reconocer cuánto mal hicimos y cuánto habría para ser perdonados. Lo pasado, bueno o malo merece aprobación de la conciencia y reproches dignos de castigo. Y es solo Dios el que, en primera y última instancia, juzgará como tribunal que no cambia la verdal y dispensa perdón. Lo importante será trocar lo malo para el futuro y mejorar lo bueno pasado con el firme propósito de enmendar lo mal hecho y en el día a día mejorar las virtudes que podamos atesorar no solamente para provecho personal sino de quienes conforman el conjunto familiar. Y si logramos abarcar otros ámbitos, cooperar con nuestros semejantes, para que ellos alcancen también todo lo que el Señor quiera dispensarles.
La vida es el conjunto de lo que hagamos en el curso de los días y es también la reunión de lo que no supimos resolver, pero que nos queda como desafío para que aprendamos a entender que Dios, al dotarnos de conciencia y cualidades para mejorar lo bueno hecho y dejar atrás lo descartable que se presente, acudirá siempre en nuestro auxilio, porque nos considera como sus hijos que tienen voluntad y capacidad para vencer lo que sobrevenga en el diario vivir. Lo importante es medir nuestras propias posibilidades y nuestra voluntad para no caer en los mismos yerros que hoy lamentamos.
Agradecer lo bueno y enmendar lo malo
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