No solo se trata de medrar a costa del erario nacional. Tampoco de recuperar todo lo invertido en la campaña electoral con recursos públicos. Ni de cubrir deudas con dinero de origen dudoso y poco transparente. Nada de eso, ciertamente.
Se trata de construir un Estado fuerte, militar, económica y socialmente. Como lo hizo el abanderado de la Confederación Perú-Boliviana, mariscal Andrés de Santa Cruz, de quien el historiador Alfredo Arias dijo: “Como buen estadista, pensaba que solo contando con una fuerza armada, disciplinada y consciente, se podía garantizar la estabilidad de la Republica. Con ese ejército, suficientemente incrementado en el decurso de los diez años de su gobierno, pudo mantener la soberanía nacional y el respeto de las demás naciones, hasta consolidar el ideal de la Confederación” (“Homenaje al Gran Mariscal de Zepita Andrés de Santa Cruz”, 1965, Pág. 53).
Un Estado que esté a la altura de aquellos países que nos despojaron extensos territorios, mediante guerras de conquista o las transferencias pactadas. Ellos que quisieron polonizar, inclusive, Bolivia. Y quizá aún mantienen ese despropósito. Necesitamos a uno que hable de tú a tú con los adversarios de ayer. Una actitud de esta naturaleza asumió, en el siglo pasado, un gobernante peruano y el enemigo empezó a incomodarse. Y no esperar la voluntad de ellos, ni estar supeditados a sus designios, para solucionar nuestros problemas, de carácter internacional. Pecaríamos de ingenuos al hacerlo.
Uno que no abdique ante los históricos propósitos de recuperar lo nuestro. Porque ello implicaría traición a la Patria. Teniendo en cuenta que quienes nos arrebataron territorios, difícilmente nos devolverán por solidaridad y amistad. Mentalidad que no tuvieron los que gobernaron o desgobernaron la nación boliviana. Estuvieron éstos, lamentablemente, enfrascados en problemas domésticos. “Los hombres pasan, pero las obras quedan”, sostiene un adagio popular. Habría que tomar en serio este mensaje. Además, los errores en política, interna y externa, jamás son enmendados.
Necesitamos construir, de manera paralela, un futuro promisorio, que signifique pan, techo propio y libertad. Con menos pobreza, menos desempleo y menos desesperanza. Con mayores oportunidades. Que reducir el hambre sea el supremo objetivo de nuestros tiempos. Que el sector público y privado generen fuentes de trabajo y ofrezcan, de este modo, bienestar a la ciudadanía. Que la salud, la educación y el acceso al agua potable, llegue, lo antes posible, a los rincones más ignotos del territorio nacional. Estamos obligados a preservar a nuestros recursos humanos.
Ese es el reto de la hora presente. Quienes se dedican a la política, a tiempo completo, tendrían que responder lo antes posible a ese desafío. Si no lo hacen oportunamente, pasarán a la historia como elementos frustrados. No solo se trata de priorizar una corriente ideológica, sino de priorizar, fundamentalmente, el destino nacional. Las necesidades más elementales, entre otras cosas, de la gente desposeída. Las aspiraciones de mejores días, que surgen del seno de las nuevas generaciones.
En suma: aún es tiempo para actuar con la cabeza fría…
¡Por Bolivia fuerte y renovada!
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